Los raíles de la vida.

Se sentía atrapado, como tantas otras veces. Todos los caminos de la vida habían convergido en ese punto sin salida a través de una serie de eventos que, aunque azarosos al principio, parecían responder a un patrón gracioso que había impuesto el propio destino.
No creía en el destino, pero lentamente, negándose a creer en lo fortuito que era todo eso, empezó a creer en razones, y el destino, y en el plan supremo. Empezó a creer que alguien sin vida propia se dedicaba a arruinar la vida de los demás en un intento inútil de sentirse bien, de sentirse parte de algo más grande que de su propia individualidad. De llenarse. Dios debe de estar muy aburrido solo, se dijo.

Estaba seguro de ello. Todas las cartas estaban en la mesa, era la última jugada, había perdido más veces que había ganado, pero nunca perdió la esperanza, y fue la esperanza, y la esperanza solamente, lo que le había empujado hasta el borde del precipicio, a punto de saltar al vacío, y sería la esperanza lo que, durante la caída, le empujaba a pensar que a lo mejor sobreviviría. Y seguiría adelante en la vida, viviendo.

Si hay algo malo en la vida, eso, lo peor de todo, es la esperanza, porque te empuja hasta el último momento, cuando todas las puertas se han abierto y queda sola y únicamente una, una que siempre estará regida por un tal vez, un quizá, un a lo mejor. También está el “y si”, y es toda esa incertidumbre, todo ese azar, todo ese estrés e inseguridad, todo ese miedo, lo que hace de la esperanza algo insaludable, algo que empuja a la gente a los extremos, a la radicalidad, a la locura personal, a la desesperación, a la frustración, a la ansiedad, a la decepción, a la rabia, la ira y el odio.
La esperanza, eso que tanto se ha vestido de bonito y encantador, de rosa y rosas, de azul celeste sobre carpeta roja, bajo luces de espectáculo, sobre pedestales de mármol pulido y blanco puro, engarzado con oro y piedras preciosas, guardada como lo más valioso, como un tesoro, una reliquia incalculable, bajo la grandeza de un palacio indestructible, eso, la esperanza, a lo que todo el mundo recurre como último recurso, como el único recurso después de que todo esté perdido (o no), la esperanza, eso tan sobrevalorado hoy en día y desde siempre, es un veneno, es una trampa, es una ilusión, un espejismo, una caja vacía, una puerta falsa, un agujero, un agujero negro.
¿Y por qué?

Porque la esperanza te empuja hasta el borde del precipicio, todas y cada una de las veces que gobierna tu vida. Y es por eso, por vivir la vida de precipicio en precicipio, que la esperanza es destructiva.
Porque la vida debe ser un camino que se camina paso a paso, como un largo viaje que termina en un campo Eliseo lleno de asfódelos. Y ya.

Eso es lo que él pensaba de la esperanza. Tal vez era la ira hablando, o la desesperación, o la decepción, o la frustración, o todo ello combinado. Quizá estaba también triste, pero lo que fuese, él pensaba que la esperanza era algo que no ayudaba, que no ayuda a vivir con felicidad.
Así lo decía su corta experiencia.

Estaba seguro de ello, y así lo había decidido. Se había levantado aquella mañana como lo había hecho los último 10 años: como un autómata sumido en una vida reinada por el tiempo. Había ido al trabajo, había hecho su deber del día, y al final de su jornada, había regresado a su casa solitaria, solo, como ha estado durante tantos años.
Era más que consciente de su parte de culpa en todo lo que había pasado y pasaba en su vida, ¿quién si no? ¿Acaso creía la gente que no había hecho todo lo que podía por cambiar su rumbo? ¡Pues claro que lo había hecho!
Pero todo en vano.

Pero simple y sencillamente, y aunque la gente se niegue a creerlo, hay personas que tienen más suerte que otras. Porque la vida es cosa de suerte.
Quizá la suerte es una actitud, pero era una actitud que él no era capaz de amaestrar. Y lo había intentado.

Después de todo, la vida es pura suerte por sí misma.

La tarde caía poco a poco sobre el horizonte y había hecho un precioso día de sol y cielos azules despejados. Se había levantado un poco de brisa aquella tarde, pero eso sólo mejoraba el ambiente.
Todo eso no logró pararle en su decisión, y allí estaba, al lado de las vías del tren, esperando al tren de las 19h.

Faltaban sólo diez minutos para que allí, en un momento, la vida dejase de estar en él. Lo quería, lo esperaba.
Ya no tenía nada pendiente en la vida: sus padres habían muerto hace un par de años, cada uno de un mal que no quería recordar y su familia había desaparecido después de eso. No tenía hermanos. Había terminado sus estudios bien y acabó consiguiendo un trabajo estable. Tenía amigos que le apreciaban y había tenido su época de amores. Había viajado todo lo que quería y aprendió todo lo que quería. Para él, su vida ya estaba hecha. Vivió.
Y solamente tenía 43 años.

Pero sentía que le faltaba algo, siempre había sentido que le faltaba algo. Empezó a sentir que le faltaba algo el día que fue consciente por primera vez de todas aquellas cosas que tenía y que no tenía. Y desde aquel primer encuentro con la realidad como mente pensante, sintió todos y cado uno de sus días que le faltaba algo.
Y nunca supo qué era.

siete minutos. Era sólo una ilusión suya, pero por un momento pudo sentir cómo la gravilla bajo los raíles empezaba a vibrar y a saltar, anunciando así la llegada de su destino.
Porque vivir es ir al encuentro del destino.

No sentía miedo, ni ira, ni odio, ni resentimiento, ni desesperación, ni frustración, ni estrés ni ansiedad, ni tristeza. Nada. Allí estaba, cuello contra vía, cuerpo contra suelo. En ese momento, en ese instante donde se encontraban el mundo, su mente, su vida, el suelo, las sensaciones, el pensamiento, el presente, el pasado y el futuro, en ese momento, no sentía nada.
¿Acaso debería sentir algo?, pensó.

Cinco minutos. Oscurecía por minuto. Se dio la vuelta, boca arriba, y miró el cielo. Las estrellas empezaban a salir tímidas tras el velo del día, sobre el azabache del universo. Y en una esquina de la bóveda, pálida, irresoluta y titubeante, la luna empezaba a brillar. Los últimos rayos del sol intimidaban a las figuras de la noche, pero ahí estaban, dando la cara.
Como él sobre los raíles de su destino.

Tres minutos. ¿Acaso debería sentir algo?, siguió pensando. Apenas podía ver nada. El mundo se apagaba ante sus ojos: primero el horizonte, luego las montañas. Después los árboles y la tierra, los pájaros y sus cantos. El mundo se apagaba a cada paso que el sol se hundía en el ocaso. Y al apagarse un mundo, se encendía otro: un mundo de sensaciones, de noche, de estrellas titilantes y luna argentada. Un mundo de imaginación.

Un minuto. Ya estaba. Podía oír en la cercana lejanía el traqueteo de un tren, de su tren. Y lo empezó a sentir, la vibración de la muerte sobre su cuello, sobre la gravilla que bailaba a su llegada, sobre todo su cuerpo que vibraba con ímpetu a la llegada de su destino, un destino que llegaba a unos cuantos kilómetros por hora.
“Chu, chu, chu, chu, chu, chu”. Así sonaba su muerte, así sonaba su destino, a traqueteo de tren sobre raíles de hierro frío.
El momento parecía retrasarse eternamente, y al mismo tiempo, paradójicamente, llegaba muy rápido. Lo sentía sobre él, sobre sus brazos que reposaban sobre la gravilla, y su cuello, el cuello que besaba la vía.

Segundos ya para pagar su destino.

Cinco metros para apagarlo todo.

Tres metros.

Dos metros.

Un metro. Un metro que se alargó en centímetros, y estos en decímetros, y los decímetros en milímetros, y los milímetros en micrómetros. Se hacía eterna la espera.
Y cuando pudo ver la cara de la Muerte, cuando pudo sentir su aliento sobre su alma, y el Destino alargar una mano sobre su cuello… Cuando pudo sentir todo eso…

… dio un paso atrás de ellos y un paso hacia delante en la vida.

Porque fue entonces cuando empezó a vivir.

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