Escapando.

Llega un momento en tu vida donde te das cuenta de que no necesitas nada más que tus palabras, que tus historias; que no necesitas nada más que esos pequeños relatos con los que rellenas la mitad de tu tiempo, la mitad de tu vida.
Algunas veces te preguntas que si esto era lo que querías, o sin embargo estás intentando evitar algo. Y si es lo segundo, no sabes muy bien qué es.
Llevas toda la vida haciendo lo mismo, una vida basada en una rutina simple que siempre te ha funcionado, gobernado tal vez por el reloj, aunque siempre lo has odiado. Eso de ser esclavo del tiempo nunca te convenció y un día, hace muchos años, decidiste vivir “al margen” de ello: abandonaste tu reloj de pulsera en un cajón polvoriento, para que acumulará tiempo por sí solo. Aunque a pesar de los años todavía sabes dónde está exactamente.
Hace mucho tiempo también que dejaste de cuestionarte tu felicidad, pero no has podido evitar que al irte a la cama todas las noches, al mirar al techo, preguntarte si eso es lo que querías. Dudas. Porque no lo puedes negar, siempre has dudado un poco sobre el camino que has elegido tomar, y aunque la vida que tienes tampoco es tan mala, sigues sintiendo que falta algo.
Sabes qué es, eso que evitas, pero tienes miedo. Siempre has tenido miedo, miedo a que al vocalizarlo de cualquier forma, se haga real, aún más real. Por eso escapas de ello, por eso lo guardas en alguna parte de tu olvido consciente, aunque ya sabías desde hace mucho tiempo que eventualmente llegaría el momento en el que no habría más escapatoria; todos los caminos llevan a Roma. El destino tiene su manera de poner en nuestro camino aquello que con tanto esfuerzo intentamos dejar atrás, te dices.
Pero cada vez que te enfrentas con aquello que intentas evitar, lo niegas impulsivamente. Y sigues con tu vida. Porque el miedo te empuja a ello, a hacer lo que haces.
Podrías evitarlo, sí, pero el miedo…
Y cada vez que el miedo te vencé en esta silenciosa batalla, llega ese momento en tu vida donde, inmediatamente después de darte cuenta de que no necesitas nada más que tus palabras, te das cuenta de que te falta todo un mundo, y todo ello por un miedo que siempre te tuvo encerrado en una jaula loca e irracional.

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