Amor, II

Creo que nunca me he parado de verdad a aceptarlo, el hecho del amor. O del desamor. Es de esas cosas de las que escapamos, sin darnos cuenta tal vez, porque duelen.
Sobrevivimos, eso es verdad. Lo peor es sobrevivir con ello, con lo que te deja el pasado.

Hoy me he visto tocando una canción del pasado que llevaba años sin tocar. Estaba olvidada, en alguna parte perdida entre memorias, e incluso mis dedos han dudado sobre las llaves del piano. Ese piano nunca había escuchado esa canción. Suerte para mí que ha llegado el olvido y ya no he sabido continuar.

La verdad es que es una canción preciosa, y más que las memorias que me trae, su sonrisa, es una canción que me hace feliz, no por lo que conlleva escucharla, sino por su belleza. Placer, se dice placer.

Cuatro años.
Es curioso cómo siempre especifico el tiempo que ha pasado desde que… desde que salí con nadie. Es curioso porque no sé si es una forma de autocastigo, síntoma de un autocabreo conmigo mismo, una forma de reprocharme recuerdo tras recuerdo que hice mal. O hice bien, no lo sé.

Algunas veces me pregunto si, a día de hoy, realmente me creo eso, que estoy feliz como estoy, con lo que tengo — o no tengo —. O simplemente todo es una forma de escapar, una vez más, de esa verdad que tanto duele cuando al final uno está forzado a afrontarlo y exteriorizarlo en forma de palabras o pensamientos conscientes.

Algunas veces duele decir, sigo arrepintiéndome de haberte dejado, aún pienso en ti y algunas veces sueño con que estamos juntos.

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