Cambiar. Cambiando. Cambiante. Cambiado.

“Cambiante” sería un verbo impersonal si el español siguiese el sistema verbal italiano. Pero como así no es, se queda como adjetivo, lo que me hace pensar: ¿verbo o adjetivo? ¿Cuál es peor, la acción o la cualidad?

Cambio. Últimamente no dejo de pensar en el cambio, en lo que significa para nuestras vidas, para nosotros a nivel… ¡Qué demonios! A todos los niveles. Cómo nos afecta y en qué medida; cómo nos cala y se convierte en el tuétano de nuestro alma.

No termina de gustarme el cambio. Hay momentos en los que me gusta, me alegra, me empuja a seguir, me da cierto optimismo y todo es vino y rosas. Pero hay otros momentos en los que el cambio es… Una maldición: un peso, una carga que te hunde en el barro de la decepción. Una cadena. Una condena.
Un palo mal dado que duele que lo lleva el demonio…

Es esa sensación de que la vida se cambia continuamente contigo de por medio, y no puedes hacer absolutamente nada para impedirlo. Te arrastra, te caes de rodillas porque todo está en contra de tu voluntad y al final tienes que sobrellevar los arañazos en las rodillas que tanto duelen.
El cambio está ahí, empujándote con ímpetu, continuamente, hasta que la fuerza vence y el suelo es tu último destino. No, el suelo no. Porque el cambio te seguirá empujando, estés o no de pie.
Y tu alma queda en carne viva, sangrante, sangrando.

Y de nuevo la pregunta: ¿verbo o adjetivo? ¿Qué es peor, la acción o la cualidad?

Pero es que algunas veces el cambio no te lleva consigo. Y como dijo O. Wilde una vez: “Lo peor no es que hablen de ti, sino que no hablen de ti”.
Detesto especialmente esos momentos en los que estás al margen del tiempo, del cambio, de todo: el mundo parece haber encontrado un flujo, la gente sigue su camino, las cosas cambian, pasan cosas. Y tú estás ahí para contemplarlo todo, como un “regalo” divino; estático, parado, inmutable. Eterno.
Parece eterno. Cuando el cambio no está contigo, el tiempo parece eterno. Eso es…
No encuentras tu flujo, ni sigues un camino, ¡qué demonios! ¡No sigues ni tu camino! No cambia absolutamente nada y no pasa absolutamente nada. Estático, parado, inmutable. Eterno.
Es un momento eterno, un segundo eterno, un instante eterno.

Te sientes solo y empieza a faltar el aire en la habitación; te vuelves claustrofóbico y tu habitación se hace cada vez más pequeña, por días, se cierne sobre ti. La rutina te consume, la quietud te tortura y un grito se apodera de tu garganta, ahogada por una desesperación que araña su paso hacia una libertad que se escapa como el humo entre los dedos. No hay salida.
Es una sensación que se acentúa cuando ves películas de paisajes verdes y abiertos, y de vistas de pájaro de un mundo mucho más extenso y grande, lleno de ríos, anécdotas y aventuras aún sin realizar – y tú en tu sitio, en la habitación, en tu piso, en el edificio, en un barrio, en una calle, de una ciudad… Un deje te empuja hacia la ventana, con ganas de gritar libertad mientras tu mente reproduce la imagen idealizada de un prado abierto con un horizonte infinito, un lugar donde sólo estás tú y el mundo, y la grandiosidad del espacio, al amparo de las estrellas y el cielo.
Abres la ventana y te da el aire. No es aire puro, pero es una brisa que te acaricia la cara, al menos. La imagen idealizada se representa una y otra vez tras los ojos cerrados, pero hay un temor, un temor que se apodera de tu pecho lentamente, y que se hace realidad al abrir los ojos y mirar, en realidad, que lo que hay delante de ti es hormigón y cemento en forma de tejados, fachadas y más edificios.

Libertad. O cambio. Cuando esos momentos se repiten, libertad y cambio terminan siendo sinónimos: libertad de la rutina, de la desesperación, del anhelo; cambio, cambio de aires, de momentos, de sensaciones, de impresiones. Cambio. Libertad.

La vida cambiante, que cambiando cambia el cambio. Y el cambio, cambiante, que cambiando cambia la vida. Paradójico, pero cierto.

Cambiar. Cambiando. Cambiante. Cambiado.
¿Así es la vida?

Así, la vida es.

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