Té y tú.

He descubierto que me gusta más el té negro. Hay algo en su sabor que lo hace único, como cada momento.
Es suave y profundamente arómatico.

Con media cuchara de miel, una gota de azahar y azúcar moreno, el té es mi confidente.

Últimamente bebo té por las noches, cuando el silencio de la madrugada invade los pasillos de la casa y en la oscuridad de las ventanas sólo hay quietud, entonces es cuando me encuentro a mí mismo y puedo escucharme.
Pero últimamente no tengo mucho que decir. O tal vez tenga demasiado que decir, y lo que parece ruido blanco, es en realidad un caos de pensamientos que se entremezclan sin patrón.

Entre cucharada de azúcar y cucharada de azúcar, me encontraba perdido en un pensamiento que, tan rápido como se había hecho consciente, había desaparecido. Y me encontraba de nuevo en mi eterno silencio, o en mi eterno caos.

Pero últimamente pienso en ella.
No recuerdo muy bien cuánto ha pasado, pero el tiempo ha pasado y me he dado el lujo de olvidar. Pero una pérdida nunca se olvida, y una herida siempre deja cicatriz.
Mi memoria chispea y hay un nudo que se enciende de nuevo.

Vuelvo a sentir como si la perdiera otra vez, como si muriese de nuevo y que tendría que volver a vivirlo todo desde el principio.

Siento que deja de ser ella para convertirse de nuevo en un tú.

Pero es solamente un té.

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