Bloqueo crónico.

Puedes pasarte horas, horas enteras, horas perdidas, horas largas y grises, horas mirando a esa barra vertical que parpadea en un intervalo constante, un intervalo que se lleva tu vida por delante como un tren furioso. Es una barra que se apodera de tu sombra y te despersonaliza.
Y detrás de esa barra está el blanco vacío, el que se extiende más allá del horizonte de tus ideas, más allá de tus palabras invisibles. Se extiende, y se extiende y se extiende. Y no hay fin para ese blanco que al final te hipnotiza, te absorbe, te posee, te destruye, te vacía. Es un agujero blanco que absorbe todo el potencial de tus palabras hasta que no queda nada más que tus ojos, tus dedos tensos a la espera de un impulso y la barra, la eterna barra que parpadea insolente delante de ti en ese infinito blanco que se abre ante ti, desafiante. Siempre desafiante.

Y cuando menos lo esperas, pasa lo que siempre has querido que pasase: escribes.

Y el bloqueo ya no parece tan crónico.

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