Libretas.

Últimamente tengo esta obsesión por las libretas forradas en cuero. Son tan clásicas. Siempre quise tener una, porque todo el mundo tenía una – o así lo reflejaban las películas americanas -.
Y sin darme cuenta, compré dos. No son de cuero, para qué mentirnos, pero son una pasable imitación; la sensación visual sacia mi sueño (y mi necesidad).

No sé si os pasa, pero cuando compras un cuaderno nuevo, sientes la necesidad de llenarlo de palabras, de contar tu historia, de garabatearlo siquiera.
La primera página, tan blanca, tan virgen, llama a unas cuantas palabras.

Y el olor, olor a nuevo. Es un olor que cautiva, que tienta.

Ahí están, los dos cuadernos nuevos, de imitación de cuero negro, metidos en la bolsa con la que llegaron a casa, sobre mi escritorio, suplicantes, especiales, abandonados.
Pero quiero hacer algo especial con ellos, aunque sé que con el tiempo, eventualmente, acabarán por guardar tonterías, muchas tonterías, y notas sin sentido, incoherencias, locuras. Con el tiempo acabarán por ser como cualquier otro cuaderno en mi casa, un cuaderno lleno de palabras, de historias sin acabar, de pensamientos, de caprichos, de ideas, de frases y oraciones.
De palabras todo, al fin y al cabo.

Pero ahora, cuando están nuevos y sin estrenar, quiero hacer algo especial con ellos, un diario en condiciones tal vez; un santuario para mis sentimientos y mis pensamientos.

Ahora están abandonados, y lo estarán así durante algún tiempo. Hasta que llegue la inspiración supongo, como siempre.
O hasta que me quede sin más cuadernos en los que escribir.

Y pensando en libretas, esto ya ha perdido el sentido.
O tal vez ha tomado otro. Pero sea como fuere, ya no es “la libreta de un adolescente”. Tengo 19 años, y aunque bromee con la idea, el año que viene tendré 20 años.
20 años, ni más ni menos. En inglés, por lo menos, ya no eres un “teen”.

Y porque ya no escribo cosas de adolescentes. Quizá nunca escribí cosas de adolescentes, pero al menos era uno.
Era.

Qué miedo me da darme cuenta de mi propia vejez, del propio pasar del tiempo, de que poco a poco se acerca el futuro, y se aleja poco a poco el pasado. Y la infancia.
Y sin embargo, es como un sueño.

Siempre me he preguntado cómo sería tener 20 años. Y 30. Y 40.
Es una pregunta tonta, lo sé, pero es una pregunta de curiosidad.
Naturalmente todos envejeceremos, con suerte y por desgracia, pero mientras dura nuestra juventud, nos creemos eternamente jóvenes.

Pero el tiempo pasa, las cosas cambian.

Y la vejez, el pasar del tiempo, es un tema de sueños.
Es trágico cuando uno piensa en ello, pero es la pregunta sin respuesta que ronda nuestra imaginación.

Es un tema tabú, que nos tienta.

Y de esto serán testigos las libretas y los diarios.

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