Toda esa lluvia.

Recuerdo toda esa lluvia.
Echo de menos la lluvia, me trae recuerdos de la infancia.
Recuerdo aquella infancia…
Primero fue aquel sol que hacía brillar los finos lazos de hierba esmeralda, la humedad que abrazaba la piel, el calor que apretaba. Éramos extranjeros, perdidos en la selva de la profunda Asia. Se notaba en la lejanía el aroma de la sal que venía de la playa agitada por las olas, y de fondo, el silencioso bullicio de la selva, un ruido blanco lleno de notas disonantes. Pájaros, insectos, cigarras. Grillos.
Recuerdo la intensidad de las sensaciones, de las impresiones; momentos que calaban profundamente en mis recuerdos. Hay una intensidad en mis recuerdos de aquellos tiempos, la intensidad del calor, la intensidad de la humedad, de los colores, de los olores, del día a día, de la simpleza, de la felicidad inocente. La intensidad del mar, y de la playa, y de la arena crujir bajo los pies; la intensidad del paso de los cangrejos, y del coco, de las conchas. Aún recuerdo vívidamente la intensidad de los atardeceres, y otro recuerdo, el rayo verde, y un deseo.
Recuerdo ahora la intensidad de la lluvia, sobre todo.
Recuerdo toda esa lluvia, imprevista, tempestuosa, fuerte, segura, indomable, intensa.
Caía duramente sobre el paisaje, justiciera, imparable. Anegaba momentos, prados, carreteras, zapatos, casas, recuerdos. Podía con todo, vencía todo, lo ganaba todo. Y su sonido, penetrante, duradero, eterno e instantáneo al mismo tiempo, profundo. Moteaba los cristales, y la hierba, y los árboles, y la cara de la gente, y sus ojos. Moteaba sus vidas, y la mía. Motearía la tuya si hubieses estado allí.
Y toda esa lluvia. Horas de lluvia, días de lluvia, meses.

Me relajaba durante las noches. Me relaja aún cuando llueve por las noches.
Hay un sonido en la lluvia que hipnotiza, que adormece, que tranquiliza: el martilleo en los tejados, y en los cristales, y en las hojas de los árboles; el martilleo sobre las piedras, y el paisaje, y las montañas. Gotas que caen sobre agua; una gota caer sobre un lago, y las ondas circulares que se expanden abranzando el horizonte. El martilleo sobre el suelo, la arena, el asfalto, la gente corriendo. El martilleo en el aire mismo.
Y la brisa fresca, ésa que acaricia tus labios y tus mejillas suavemente; sientes el calor del momento arreciar en tu alma, a costa de un frío que se instala en tu piel, un pálido frío, pero frío después de todo.
Y mirarla caer, toda esa lluvia. No puedes dejar de mirarla, te cautiva, te apresa, te encadena a su cortina de sensaciones.
Recuerdo toda esa lluvia. Aún recuerdo toda esa lluvia.

Luego fue el paso de las estaciones, del cambio de colores, la nieve, el blanco de paleta que se instalaba en la cumbre de las montañas, y las flores renacer, los árboles despertar, las abejas, y el aroma de la primavera; un verde vivo en cada rincón, un canvas de colores vivos y radiantes, todo eso que da paso al delicado dorado del verano, un dorado que quema, que crea bochorno, que trae a la memoria la sequía y la quietud del tiempo. Y los grillos, y la sequedad del aire y de tus pisadas, y el calor que te roba el aliento.
Otoño. Invierno. Primavera. Verano.
Recuerdo toda esta lluvia que no hace mucho llamaba a nuestro timbre con suelas devoradas por el barro y la fina arenilla.
Sólo ha pasado un verano, y una primavera. Y ahora vuelve.
Espero que vuelva. No, siempre vuelve, siempre sorpresiva, siempre imprevista, y sin embargo, anuncia su paso con colores oscuros; apaga el sol, y se cierne sobre el alma un presentimiento de mal tiempo, inquietud, malestar. Y cuando está irremediablemente sobre ti, seguridad, seguridad de que ocurrirá. Todo se torna lento, y pesado, y sepia: nostálgico.
Todo es muy nostálgico, y ocre, y pardo, y terroso, y zaíno. Y sombrío.

Recuerdo toda esta lluvia, y mirar a través de la ventana el dosel de pequeñas lágrimas que caían del cielo, raudas, pacientes también. Y armoniosas, sin rozarse, sin tropezar, todas a la una de acuerdo en su propia muerte, ésa que no pueden evitar, contra el suelo, la ventana, la arena, el lago, contra el destino. Y volverán, en su dosel, pacientes una vez más, a repetir su muerte.
Siempre vuelve, la lluvia, y sus gotas.

Recuerdo toda esa lluvia, y su frío toque de otoño, o de invierno. Y su brisa, como velo puesto sobre su triste rostro lleno de mil lágrimas. Y su beso, húmedo, sobre el rostro, sobre los ojos, sobre el alma, sobre el recuerdo.
Y recuerdo la ventana, fría al tacto, tan fría, muy fría. Helaba la yema de mis dedos, y reflejaba débilmente mi cara en el traspié de la lluvia. Y mi admiración, chispa en los ojos. Y el vaho que cubría la aterida superficie del cristal.
Motas de lluvia, reflejos de lluvia, sombras de lluvia.

Tanta lluvia en mi vida, en mis recuerdos, en mis sentimientos, en mi alma…
Recuerdo toda esa lluvia, y echo de menos toda esa lluvia, tanta lluvia.
Me trae recuerdos de mi infancia, aquella infancia…

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