Ya es Septiembre, y una vida.

Medianoche, y la noche estaba inerte. Ya no bulle ese espíritu que habita bajo el manto de las estrellas y los cielos claros, el espíritu de la estación estival. No, la noche ahora empieza a tener notas pétreas clavadas con un frío que emerge poco a poco. Ya no hay gente, el suelo está frío y cada vez hay más ventanas entrecerradas.
Hay una brisa fresca que agita levemente las hojas desgastadas de los árboles envejecidos y, anormal para la época, se introduce hasta el tuétano de los huesos. Hay ecos en el fondo de la noche; los grillos callan.

El verano ya languidece, y el otoño anda pasos sigilosos entre las esquinas que hay entre el sol y la luna.

Y así ha pasado otro año, volando, ágil.
No sé si sólo soy yo, pero siento que cada vez el tiempo pasa más deprisa: los sucesos son casi momentáneos, los planes, espontáneos. Los días se convierten en semanas, y las semans en meses, fugazmente. Aún siento en la yema de mis dedos el tacto de junio, y la bienvenida del verano en las memorias del corazón, aún candente.

Y eso que no me gusta mucho el verano. Donde hay un otoño trágicamente dulce, que se quite todo lo demás. ¿Pero qué puedo decir? Cada estación tiene su encanto. El verano tiene esa magia que te invita a los paseos infinitos en la cómoda noche, a merodear, a sentarte, a disfrutar. El verano es la encarnación del Carpe Diem. El verano te incita a dejar el tiempo fluir.
La primavera es la versión más empalagosa del otoño, que incluso llega a ser meloso. Está el dulce frío que impregna la inmadura mañana, y el sol que hace brillar cada bosque, cada parque, cada césped, cada cara, cada persona. La primavera talla y pule la maravilla del mundo.
El otoño, ¡Gran Otoño! En su esencia, el otoño es perfecto. Es la época del descanso, de la liberación. Después de la cunícula desgarradora del verano, el otoño ofrece un descanso, y casi una liberación de todo el dolor térmico que sufre el mundo. El otoño es el tiempo que rejuvenece, el tiempo que planta, el tiempo que nutre. El otoño es el canvas de los colores, de los olores, de la lluvia, de la brisa, del fresco que aturde, pero que no desmaya. El otoño es el tiempo de las sensaciones y de las emociones que llenan el corazón. Para mí, eso es el otoño.
Y el invierno. El invierno es el tiempo del tiempo, el tiempo del reloj, reino del sol y de la luna, dominio de la noche. El invierno es el tablero de la quietud y la serenidad. El invierno es el sueño del mundo, donde la nieve abriga los latidos del suelo, de los árboles, de los animales. El invierno es el tiempo donde las bestias son espíritus, y donde los espíritus son celadores. El invierno no tiene tiempo, sólo impresiones. El invierno es el gran amor entre las estrellas, la luna y la tierra. El invierno es la dama de los misterios, y al igual que el verano, invita a explorar el mundo al paso de las horas, pero a través del cristal del sosiego. El invierno es el tiempo de la nostalgia madura y enamoradiza.

De ellos, me quedo con el otoño. Para mí es el sirope del año: es dulcemente nostálgico, nostálgicamente dulce. Es una época que entraña la serena personalidad. Para mí, el otoño es la época del blues, del jazz y del soul: profundo, sentimental, complejo a la par que sencillo, y bello. Muy bello.
Otoño es mi opción.

Aunque también me tienta la intriga y la discreción del invierno.

Ya es Septiembre, y una vida: la vida de un verano, de una primavera, de un año nuevo que envejece pausadamente; la vida de una época que empieza, de momentos que comienzan a calar y de tiempos que prometen sorprender.

Ya es Septiembre, tiempo de promesas, de ilusiones, de expectativas, de comienzos, de prólogos y de historias.
Septiembre, arco del otoño.

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