El hombre ausente…

Volvía de la casa de mi amiga. Andaba la calle arriba sumergido en un monólogo interno poco definido, al mismo tiempo que estaba lanzando miradas nerviosas por todas partes. Últimamente ando con poca confianza por la calle, y eso que vivo en un pueblo olvido de la mano de dios, con cuatro gatos como vecinos. Que no hay nadie, vamos.
Pero aún así, siento cierta inseguridad. “Son tiempos difíciles”, me recuerda mi memoria de lo que me dijo mi abuelo. Serán tiempos difíciles…

El único consuelo en una noche silenciosa, con olor a inseguridad, son las dos canicas que tengo en la mano a modo de “bolas Baoding“. En ese movimiento circular casi hipnotizante se produce un característico sonido de cristal que resuena vagamente en las esquinas oscuras, como una especie de llamada a mi presencia, y a la propia ausencia. Un consuelo que me alivia del silencio nocturno.
En este estado de orquesta y monólogo interiores, me voy acercando a paso nervioso a una casa mal empotrada contra la línea de la calle, cortando así la acera por la que uno anda. No hay nadie, y de lejos sólo se puede escuchar el ruido acolchado de una televisión encendida y con el volumen más alto de lo que debería estar permitido.
Llegado a la puerta, me siento parar casi por un microsegundo, girando la cabeza para mirar en el encantador patio interior que da entrada a la casa.
Y como siempre veo un señor sentado en la esquina opuesta a la puerta de entrada, mirando hacia algo, con aire ausente. Supongo que es una televisión, pero el poco buen oído que tengo me confirma que no hay nada ahí. Todos sabemos que los ancianos tienen, debido a la edad, poca cabida auditiva. Aunque nunca descarto las excepciones… Nunca dejan de sorprenderme las personas, después de todo.

Me ha hecho pensar ver a ese hombre, entrados, digo yo, en sus 80, sentado, inmóvil, estático en el tiempo y en el espacio, ausente. La sombra dormida de lo que antaño hubiera sido un alma con vida, ahora frío, casi frío. Una estatua viva de la memoria del pasado.
No conozco al vecino en cuestión, aunque sí conozco a sus ¿nietos? Una familia más bien cerrada, discreta, tranquila (no me gusta el marujeo; es un análisis superficial de lo que puede ser, no menos, una familia como otra cualquiera).
Me ha hecho pensar, ¿seremos así en el futuro, todos? ¿Seremos simples sombras presentes de un pasado vivaz, estatuas pétreas con una historia pesada a los hombros que poco a poco nos hunde en la misma tierra de la que vinimos?

Qué trágico, y que maravillosamente elegante. Trágicamente elegante.
Tengo 19 años, no es tiempo de preocuparse de la vejez, pero digo yo, cuanto antes aceptemos con optimismo y filosofía un tiempo por venir inevitable, mejor se vivirá el paso del tiempo y de los años.
Sí, aunque mi vejez está muy lejos (relativamente), pensar en ella me produce una mezcla de terror gélido y curiosidad profunda. No me imagino viejo, pero al mismo tiempo me quiero imaginar viejo.

Paradojas de la vida.
Eso sí, tengo que decir que admiro la vejez, o de una forma más global, la edad adulta, a partir de los 50, época en la que el cuerpo ya no da cabida a más vida, época en la que las energías se diluyen en el tiempo, donde el alma se hace aún más vieja con el sabor del tiempo cultivado a base de experiencia, donde uno se hace un árbol centenario arraigado a esta tierra con las fuertes raíces de la memoria. Admiro la vejez porque es la encarnación del paso del tiempo, del fruto de la experiencia.
Eso sí, no admiro a todos los ancianos… ¡Que hay algunos que cuidado!

Todo hombre entrado en la vida que sea una biblia sobre la vida misma es objeto de cierta admiración.
Pero eso soy yo, un adolescente un tanto peculiar, fuera de lo común.

¿Por qué ser una copia si puedes ser único? Me pregunto yo cada vez que veo una de estas manadas de jóvenes envueltos en la vacuidad de las modas, en la hipocresía de los prejuicios sociales y víctimas del modelaje ideológico.

Tanto por la individualidad (y por ende, la privacidad) y los valores del individuo, ¿eh?
¿Qué individuo?

Ese anciano sentado era individuo, con su propia historia, con un pasado que ha esculpido su presente, ausente y gentil al mismo tiempo.
¿Y la juventud? Desgraciadamente, la historia de uno es la historia de muchos, y ya nadie es único.
Copias, todas trágicas copias a la merced de una oscura moda ideológica, social y cultural.

Todos ellos, hombres realmente ausentes.

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