Y tras las vacaciones… ¿Qué?

Hubo más días, claro. Largos días de verano…
Y es que me pregunto, ¿qué hace uno como yo preocupándose del pasado? (Bueno, aunque no se puede llamar exactamente preocupación, pues esto es un blog y estoy contanto mis vacaciones)…
El caso es que, tras esas vacaciones en Alicante, volví a Madrid antes de tiempo (no comments). ¿Por qué? ¿A qué?
¡A ayudar a la familia, se ha dicho! Así que, véis a este joven recorriendo solo las planicies ibéricas en un autobús nocturno… ¡Y madre qué recorrido!
Que me quejé en su momento… ¡y me quejo ahora! Entre la incomodez de la silla en la que estaba sentado, la chica que se sentaba a mi lado que no paraba de llamar por teléfono, el vaivén del autobús y el calor del verano… Bueno, os lo podéis imaginar. No fue, en pocas palabras, un viaje cinco estrellas.
Pero ya… ¡Todo pasó, todo pasó!
Llegué a Madrid sobre las seis, siete de la mañana. Y cargado con el gran equipaje que llevaba, me dirigí hacia el metro de vuelta a Moncloa, y desde allí, al último autobús que me llevaría a las tierras perdidas en las que vivo; La Sierra Madrileña.

La única hora en la que verás a nadie en las calles de mi pueblo (no es que haya mucha gente a otras horas) es por la mañana temprano y por noche muy tarde. Pero la segunda opción ya lo había explotado durante otras veces. Así que sólo me quedaba saborear la quietud de por la mañana… ¡Y tan quieto que estaba! A excepción del panadero que abría la panadería…
La mañana había amanecido notablemente fresca, por lo que pude refrescarme antes de que el imperioso sol empezara a calentar el pavimento. Uno de los alivios que tuve fue la escasa humedad que, a diferencia de Alicante, en Madrid era inexistente.
Por fin llegó mi madre. Y tan rápido como había bajado del autobús, me monté en el coche, di un beso a mi madre y a casa se dijo.

Mi alma no podía más, mis pies no podían más, mi cabeza no podía más, mi sueño no podía más… Pero a pesar de tanto ‘no poder más’, tuve el impulso obsesivo de, al menos, abrir la maleta, quitarme la ropa sudada, los zapatos llenos de arena fina e insidiosa de playa y meterme a la ducha con agua fría. Y lógicamente después, a la cama.

Dormí mucho, eso sí que recuerdo. Pero no dormí tanto como para perderme la hora de comer.
Así fue que a las 15h del día me levanté aún exhausto, pero considerablemente descansado y comí con mi madre.

Al margen de recordar el viaje como el primero y el último que haría con los que un día llamé amigos, fue el viaje en el que seguí la selección española, en Sudáfrica, con considerable escrutinio. Y ya en Madrid, pude vivir la victoria de España… Por lo que, desde esa semana, puedo decir que yo también soy de la Generación que vio a España ganar la Mundial. No es que sea un gran hito en mi vida (que no lo es para nada), pero es algo que todo español tiene guardado en su corazón con orgullo, o al menos, con cierta alegría nacional.

Pero después, ¿qué hubo más?
Hubo muchas clases particulares de inglés… (risas)

Pero lo más significante, lo que me cambió de una forma imperceptible por los demás, lo que sería un impulso para el futuro, lo que sería mi meta, eso… Bueno, eso será otra historia.

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