¡No me lo banco!

Sí, sí… ¡No me lo banco! No me banco la semana, no me banco las circunstancias… No me banco ni el tiempo. Ahora, para que adquiera un poco más de sentido esta entrada, empezaré por decir que “bancar” en el dialecto español del argentino significa “soportar”. Y ahora todo más claro.
El caso es que esta semana me han pasado tres mil cosas, sin razón, principio, causa o motivo. Pero lo peor de todo es que no tienen ninguna meta o fin. De forma suave, la semana ha ido de peor a mejor. Pero, ¿mejor en qué sentido? Mejor en el sentido de “más calmo”. Las peleas entre la gente que se quiera duelen (y si no, que me lo pregunten a mí)… Pero quisiera decir que es un “dolor físico” (por razones que yo mismo entiendo). Y sigo siendo humano… Creo que tengo un enfrentamiento entre la idea de humano y mi sentiemiento de humano, cosa que no sabría explicar con palabras.
Después, aparece la idea de los exámenes; es un fantasma que merodea mi mente como una luz cegadora que no me deja ver más allá que los límites del problema mismo. ¿Y cuál es el problema? Exámenes.
Y finalmente acabo con este sabor dulce-agrio del fin de semana… ¿Dulce-agrio? Sí, sé lo que digo. Es un sabor contrariado, es un sabor perenne, un sabor que produce dolor y placer, un sabor de contrarios, un sabor picante… Es un sabor de muchos sabores, es un sabor de muchas sensaciones, es un sabor de muchos pensamientos… Pero, sobre todo, es un sabor de críticas.

Y luego me reafirmo en mi convicción de ser sincero… En realidad, tengo la misma definición de sinceridad que la mayoría de los seres humanos; esta mención me lleva a pensar en lo que dije ayer, Sábado 1 de Mayo: “No quiero ser como los demás… Quiero ser yo, diferente, único, superior…” Suena arrogante (y en efecto lo es), pero es lo que dije.
Pero creo que es hora de ser sincero de verdad, de lanzarte al hoyo y sufrir el dolor, de tomar las consecuencias con creces y valentía, de soportar los gritos de advertencia del futuro y mandar el presente a hacer gárgaras, de ver como puedes cagarla en sólo un segundo, de sentir que todo el tiempo pasado ha sido en vano… Eso, eso es ser sincero. Arriesgarte a muchas cosas… Y eso es lo que la gente normal y corriente no entiende de la sinceridad… A la sinceridad hay que pegarle la libertad de decir lo que quieras (siempre y cuando sea verdad y no inventado), y al mismo tiempo, de asumir las consecuencias de esa libertad sincera. Porque toda libertad lleva inseparablemente un deber, una consecuencia, un castigo… Sí, somos libres. Y sí, somos deudores. Porque la libertad es la creación de una deuda con la realidad… Y todo deuda se paga.

Y ahora comienza un diálogo interno, duradero, luengo y pesaroso. Tal vez llegue a ser doloroso, incompatible con muchas cosas dentro de mí, una total contradicción con mis propias creencias, y una contradicción con  mis propios sentimientos… Será un diálogo importante… Pero, como en la psicología social se aprende, es más fácil alterar una impresión que una forma de ser. ¿Y a mí qué me tocará? ¿Cambiar la impresión, la idea, la creencia, o cambiar mi personalidad, mi forma de pensar o de ser? Tengo que tomar un decisión, no repentina, sino premeditada… Porque todo en esta vida requiere de su mínimo empleo del tiempo.

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