Sarah, Sarah…

John se levantó agitado. “¿Sarah? ¿Qué hacía Sarah en la habitacion?” No eran ni siquiera las 3 de la mañana, pero ya no podía dormir. Se fue a la cocina a por un vaso de agua. “¿Sarah?” Volvió a preguntarse. Parecía que nada tenía sentido. Después de aquella conversación con Brian y el hecho de que Sarah estuviese allí mantuvieron a John despierto el resto de la noche. Se fue al salón, pensativo. Se sentó en la mesa, cogió una hoja de papel y empezó a escribir.

A las 4H30 de la madrugada, John ya había caído rendido. Al fin y al cabo, el sueño es el sueño.

El tercer golpe en la puerta despertó por fin a John, que, aún dormido y aturdido, atinó a mirar el reloj, y así como un autómata, se dirigió a la puerta:
– ¡Son las 12H de la mañana! ¡Me he dormido!
El cartero, un poco desconcertado por la situación, anuncia con calma, aun con extrañeza la llegada de un correo urgente:
– ¿Sr. Porter? Tiene usted una carta urgente. ¿Me firma aquí, por favor?
John, un poco alterado por la hora, desconcertado por el momento, algo así como “borracho” por la noche, cansado de sus pensamientos y un poco avergonzado, miró al cartero y firmando con dificultad matutina, recogió la carta.
– ¿Una carta urgente?
“Ya lo miraré luego” Se dijo a sí mismo, mientras dejaba la carta en la mesa, junto a los papeles que había escrito la pasada noche.

– Por favor, Louise, llama a Sarah. Necesito hablar con ella en cuanto llegue a la oficina. ¡Ah, por cierto! Habla con el señor Weller y dile que mi retraso se debe… A un pequeño problema. Ya hablaré con él luego. Con Brian hablaré esta tarde; no me es urgente.
Pensó en su carta urgente.
John era una persona oficinesca; una vida entre papeles, como él mismo diría. Había salido de su casa atropelladamente y ya estaba de camino hacia la ciudad, y más concretamente, hacia su trabajo. Normalmente entraba a las 10H, pero hoy era la excepción de las dos horas. “Bueno, espero que no me diga nada…” Se dijo a sí mismo en un intento de consuelo. Se sentía nervioso, esa sensación de ataque, de “taquicardia”. Claro que, también, era de las pocas veces que entraba tarde al trabajo y no estaba muy acostumbrado (aún) a esas charlas que su jefe, el señor Weller, le solía dar.

– Tu hermana ha llamado. Dice que el sábado tenéis cena familiar en la finca- Louise, la secretaria de John, le estaba persiguiendo por los pasillos.
– Muy bien, Louise, pero ahora mismo no estoy para cosas familiares… – Decía John, ya en su despacho, mientras dejaba todas sus cosas en la mesa-. ¿Has llamado a Sarah?
– Sí señor. Dice que vendrá dentro de media hora.
– Entonces, todo en orden. ¡Ah! ¿Y has hablado con Weller?
– Sí, y dice que te esperará esta tarde. John, ¿como que has llegado tarde hoy?
John se paró, se dio la vuelta y miró a Louise. Tenía una mirada tierna, suave… Pero tenía ese brillo que a John nunca le terminó de gustar.
– ¿La verdad? Ni siquiera yo lo sé… – Resolvió John. Cierto, ¿cómo se había quedado dormido?
La secretaria dejó unos cuantos papeles en la mesa y se dio la vuelta, decidida a irse, pero la detuvo John:
– ¡Louise! ¡Un momento! Mira, esta mañana he salido con prisa… Y no he tenido tiempo de un buen café. ¿Me puedes traer uno, por favor?
Louise afirmó. Después, sólo quedó el lejano sonido de un teléfono de oficina, el rozar de los papeles y la respiración de John. En el silencio artificial de la oficina, casi se podía oír el pensamiento de John: “Sarah, Sarah…”

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