“No hace falta ser un genio para eso…”

“No hace falta ser un genio para eso…” Recuerdo que sus palabras se diluían en el aire; los últimos ecos se clavaban en mi mente como las espinas primaverales de las rosas en la piel, o como el primer frío helador de invierno en los huesos. Todo es la misma sensación. No dejo de pensar en su cara; esa expresión gélida, inexpresiva, transparente, mortal. Una mirada que te dejaba sin aliento. Esos ojos sin sentimientos, sin calor, sin brillo… Ese ser tan sumamente pálido, tan sumamente muerto… ¿Estaría muerto? “No” Me dije. Mi mente formuló la respuesta inmediatamente. Pero sólo me estaba aferrando a la idea colectiva de que “los muertos no pueden volver a vivir”; ¿y por qué tanta película de zombies? ¿De dónde ha salido tan macabra idea de los “muertos vivientes”? ¿Realidad o ficción? ¿Una verdad oculta olvidada por la Humanidad? Muchas preguntas… ¡Demasiadas preguntas me estaba empezando a hacer! Sólo esa conversación me devolvía a la realidad. ¡Maldita realidad!
¿Y mi respuesta a tan demacrada situación? “Lo sé, lo sé… Pero sólo tenía que probarlo…” Y ahora me doy cuenta de lo estúpido que habré sonado. No, estoy seguro de lo estúpido que he sonado. Pero, ¿cómo puedo estar seguro? No soy omnipresente ni omnipensante (si es que existe la dichosa palabra)… ¡Buah! ¡Cosas varias otra vez!
Aquella conversación no se me iba a olvidar. Nos habíamos dicho demasiadas cosas en poco tiempo. Además, salió con prisas… Pero, ¿por qué? No suele tener prisas… Pero hoy era la excepción.
Cuando te paras a pensarlo, en el momento de ponerse a pensar en ello, te das cuenta de mil cosas que antes habían pasado desapercibidas. “Bueno, la mente humana funciona así” Me dijo, en un intento de consuelo. Pero al parecer, fallido.
Otra vez: “No hace falta ser un genio para eso…” Se repetía y repetía y repetía… ¡Ah! ¡No me lo puedo quitar de la cabeza!
Tal vez Brian tenga razón en decirme eso… Pero, ¿y si se equivoca?
Dejaría mis preguntas mentales para otro día; “Lo que me queda ahora es la noche, sueño y mi deber de dormir” Me dije, casi como un rezo impuesto y obligado, una frase milenaria que había sido implantada en mi cabeza a modo de automatismo a repetir en uno de esos casos…

John se fue a la cama algo cansado; fue un día largo, pero lo que se llevó todas sus fuerzas restantes fue su pensamiento. Aquella conversación con Brian le dejó demasiadas lagunas en su mente…
Pero John no se fijó en una cosa de aquella conversación, una cosa que estaba con ellos, pero como si no estuviera: Sarah.

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