Montañas, abismos y silenciosas tragedias

Recuerdo que mi tragedia personal decayó a finales de este verano. Como un cambio de estado, la temperatura se mantiene constante. No obstante, si aplicas más energía, se calienta y ¡plum! ¡Cambio de estado!

Fue lo que pasó en el mes de Agosto, entrando ya su sucesor, Septiembre. Un día sin previsión, el huracán irrumpió en territorio nacional y arrancó y destruyó todo aquello que encontró a su paso, llevándose consigo muchas vidas -aunque en este caso, solamente fueron 3-.

Recuerdo que aquella tarde, el silencio de la casa fue tal que se me puso la piel de gallina. No hubo tal silencio en esta casa desde hace unos cuantos -por no osar a decir nunca- años. Lo único que mataba a aquel asesino de almas, imponiendo su tiránico gobierno del aburrimiento, fue la consoladora y leve revitalizante música.

Ya pasadas las semanas -pocas, en concreto-, ya ni siquiera la música hacía mella en aquella monotonía omnipresente y realmente mortal.

Nos confabulamos para derrocar a aquel cruel rey incorpóreo utilizando la más silenciosa pero eficaz arma: la lectura.

Nuestra mente, abatida por tanto tedio, empezaba a rehidratarse en el mar de la imaginación, en abismos frescos lejanos de aquel calor sofocante típico de la época, en sucesos varios distintos de aquella rutinaria conducta…

Llegó Septiembre, mensajera del fresco hálito del otoño y recadera de un volver: los estudios.

Sin embargo, al margen de aquella imagen venidera, un leve estremecimiento se apoderó de mi mente, ya salida del deleite de las aguas de la entelequia, y nada más que una idea volaba los cielos de mi intelecto: “Tienes un examen de recuperación”  Y lo peor de todo fue que ¡había estudiado lo escasamente contado como 5 hojas!

Superado ese pequeño sobresalto, conseguí abrirme paso al nuevo año que se erguía imperioso ante mí…

La familia ya no sería un obstáculo para mi concentración precisa y rigurosa que este año presente exigía sin excepciones.

Sin embargo, el barco grato en el que me había montado, lleno de ilusiones y esperanzas, pronto viraría de sentido, chocándose con mis mayores temores y finalmente naufragando en el más hondo de los abismos.

Perdido en un mar que no daba señales de alguna tierra emergida por doquier que miraba, avanzaba a la deriva entre ideas que se entremezclaban haciendo de mi pensamiento un caos sin luz, un alboroto destructivo…

Todo ello fue la causa de que mi mayor catedral, construida a base de optimismo iluso temporal, se derrumbase, quedando tras de sí nada más que las ruinas irreparables de un razonamiento evanescente…

Yo, una persona que se había auto-colocado en el trono más alto, ahora vagaba entre los espíritus condenados a una miseria unipersonal e intrasferible…

Mi decepción, lentamente, carcomía mi optimismo nimio que en poco existía, ahora es inexistente.

Pronto mi corazón no daría más de sí y aquel nudo en la boca del estómago harían de mi salud un juego de criquet, donde la pelota no pararía de ir de un lado a otro…

¿Tragedia? La que en el futuro culminaría en una capitulación tensa, estresada y temida…

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