Recuerdos y Presente

Aún recuerdo, aunque borrosos, esos días en que mi padre -para entonces, ya bajo la sombra dependiente de las drogas- venía a casa para visitarnos. Un hombre que encajaría bien en la descripción que hace Miguel de Cervantes de Don Quijote; un hombre de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro. Una cara totalmente aguda, con las mejillas hundidas. Siempre daba la apariencia de estar cansado, de haber corrido hasta la casa. Andaba medio erguido, medio agachado. Lo que más recuerdo de él era su ojo. Era de cerámica cristalina. Según mi madre, fue el ojo que perdió a causa de una enfermedad genética -por degracia, yo y mis hermanos la sufriremos- llamada Glaucoma. Una persona callada y observadora.

Lo que más me aterrorizaba de mi padre era su mirada, monótona y penetrante. Tenía brillos de la ira inestable que guardaba en su interior.

Mi padre, no era ni el mejor ni el peor, sólo que las (malditas) drogas le hicieron quien fue. Y a causa de ellas, hoy ya no puedo hablar con él, físicamente…

La última vez que le vi, fue trágico.

Recuerdo estar en el salón, sentado en el suelo, postura china, haciendo algo sobre la mesa. No recuerdo si estaba escribiendo, jugando o dibujando. Evoco una sombra larga que me tapaba desde un lateral, pues allí estaba la puerta… Era mi padre. Todo un caos en pocos minutos y segundos. Empecé a correr, gritando a mi cuidadora que me ayudara. Mi padre me seguía por la casa, y mi cuidadora, aterrorizada, empezó a llorar escandalosamente… Sabía la historia de mi padre -que es mucho más violenta de lo que aquí digo y relato-. En la entrada a la habitación de mi madre había una serie de cajas y maletas que nunca quitaba de allí. Lo más rápido que pude, llegué a la puerta de dicha habitación; mi cuidadora se atrevió a obstaculizar a mi padre sabiendo que se llevaría un golpe. Yo me detuve unos segundos, miré hacia atrás y vi como mi padre le propinaba el golpe en el brazo. Siguió su camino, furioso. Yo, con la fuerza de un niño de 4-5 años, derribé el muro de cajas y maletas específicamente colocadas, y bloquee la entrada a la habitación, cosa que no duraría mucho. Entré en dicha habitación y cerré la puerta con cerrojo. Luego, en la habitación, extremadamente aterrado, me metí por la segunda puerta, que daba al baño, y volví a cerrar la puerta con pestillo. Ya, relativamente a salvo, vacié un armario, y dentro me metí. Allí estuve, acurrucado, llorando y rezando para que algo bueno pasara y que todo eso acabara ya. Oía, mientras tanto, los gritos de mi padre y mi cuidadora.

No fue mucho el tiempo que pasó hasta que mi hermana llegó. Empezaron los gritos, otra vez. Y lo que recuerdo, después de todo, fue los intentos inexorables de mi hermana para sacarme de la habitación. No obstante, no fue hasta la llegada de mi madre cuando salí de la habitación, mojado y muy muy asustado.

Desde ese día, no volví a ver a mi padre entrar en esa casa. En cambio, ese episodio de mi infancia se “borró”, y fui yo quien iba a visitarle al piso en el que vivía. No fueron muchas visitas, pero suficientes.

Posteriormente, a los 4 años de ese suceso, me vi envuelto en otro trauma: España. Fui arrancado de mi seno familiar, de mi cultura y lengua natales y todo aquel ambiente del que no pensaba salir en mucho tiempo. Y a los 7-8 años, después de un viaje por medio mundo de casi 24 horas, llegué al aeropuerto de Barajas, en pleno estación otoñal. Ese fue mi primera impresión: el frío helador que entumecía el cuerpo y una modernidad no muy lejana de la que veía en mi país.

Sin embargo y sobre todo, no me quejo de haber llegado a España ni tampoco de haber conocido a mi padre, porque son esas pequeñas, pero gran cosas las que me han hecho lo que soy y quien soy hoy en día.

No me cansaré de repetir el dicho chino que dice:

“The best swords are forged in the hottest fires”

Además, me enseña y sube el autoestima.

Lo único que temo de estar aquí y viviendo la situación familiar que vivo es que se repita la historia aquí que sufrí allí…

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