Gracias a vosotros

| © Instagram

Una vez, hace ya un tiempo, me consumieron las ganas repentinas de irme de aquí, de este blog. Parecía que a todos nos había vencido el silencio. Aún lo parece. Ya no frecuento las veteranas palabras que me enamoraron de bloguear, y por eso las busco con ansia, como escarbando en las sombras, rescatando aquellas últimas publicaciones y fijándome en las fechas… Porque es en vosotros, compañerxs, que espero volver a encontrarme. Vosotros me dais la inspiración y las ideas y la energía necesarios para seguir. Es un placer venir aquí a respirar este aire. 

Por aquel entonces quería derruir… iba a decir “este imperio de palabras”, pero lo cierto es que lo mío es una chota en medio de un bosque. Y parece que el bosque ahora ha desaparecido. Siento que han arrasado con la tierra y que el silencio lo ha matado todo. Incluso el río, que se secó. Ya no corre nada, ya no crece nada. 

Siento que vivimos justo en ese mundo pos-Instagram: en el que el formato pequeño, el formato breve, el formato fugaz —que un momento está y al siguiente ya no— nos ha ganado la batalla a los “blogueros veteranos” (que yo llevo aquí desde el 2009). A los que escribíamos tanto y tan largo. A los que nos explayábamos. A los que solo necesitábamos una imagen para contar, quizá, mil historias. A los que, desde nuestros rincones secretos del mundo, abríamos ventanas por las que contemplar nuestras emociones y vidas ajenas. Vidas desconocidas. Vidas, todas ellas, interconectadas en estas palabras. 

«¿Nos han ganado la batalla?», me pregunto. «Y si no, ¿dónde estáis?». Porque me siento apartado en este gran mar de silencio. 

 


 

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Mi relación con escribir

De mi relación empiezo a entender esta relación con escribir: no es una obligación, pero una revisita que solo me hace fuerte. Aquí debo confidar ya no solo todo lo que me aqueja y me duele, pero también todo lo que me soporta y me mantiene. Es entender más allá todo lo que me hunde, pero también todo lo que me levanta. El porqué de no dormir, pero también por qué soñar. Y no una mera visita al médico o una declaración tributaria. No es un deber, pero un querer

Y que estas palabras me hallan como me halla mi amante, dispuesto a sobrellevar todo lo malo, da igual lo que cueste y cuánto dure; y celebrar lo bueno, dibujando una sonrisa entre líneas, llenándome la piel de besos suaves y necesitados.

Sé que nunca me dejará y, sobre todo, que aunque nos llevemos un tiempo, siempre podré volver a este rincón. Sin cargas ni resentimientos. Sin castigo. 


Ahora puedo vaciarme de borradores y dejar ir el pasado inconcluso. Sin cuestionarme y sin dudar, y sin remirar todo eso que dejo ir y sintiendo pena por perder algo. Porque en realidad no pierdo nada. Por fin puedo tirar todo lo que nunca terminé y hacer espacio para las cosas nuevas del día a día. Sin miedos ni reservas. Abriendo ese espacio necesitado en la mente. 

Ese espacio que permite volver a los sentimientos fuertes y a los pensamientos seguros, incluso los que duran unos instantes, pero que tienen fondo e historia. 

Ahora que yo entiendo cómo he cambiado, puedo volver a escribir.


Beware of a writer
| Awesome Poetries

El bosque lleno

 El camino al campo | © Ian Blázquez

El bosque está lleno
pero no puedo pasar.
Solo ver el camino
de las hormigas
y su paso procesional.
Parecen pequeños ríos
que labran su destino,
avanzando lentamente,
rescatando el estrecho
de arena
que las separa.
Lentamente
construyendo sus montones
de oro
y moviendo el campo
a su alrededor,
semilla a semilla.
Ellas
que se hacen uno
con el camino,
cerrando sus pasos,
haciendo campo
bajo las amapolas
que languidecen
bajo este sol de verano.
El cielo sobre sus cabezas
con sus nubes navegantes
y los rosales
que pierden sus pétalos
rosados de primavera.
No puedo pasar
pero puedo disfrutar
de este paisaje
que cambia bajo mis pies,
con ellas,
y con el viento
que barre el matorral seco;
que veo ya
los olivos en flor,
produciendo sus aceitunas
del mañana.
Con las huellas
de tantos desconocidos
que me acompañan;
con los que comparto
estos placeres secretos,
lejos del pueblo
y de su asfalto;
por un momento a uno,
en paz con el entorno
y con el bosque lleno.

 

 

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Las mañanas del insomnio

En la mañana privada de sueños,
los pájaros cantan frenéticos al alba.
Este calor aprieta la sábana
y el reloj martillea el tiempo,
descontando las horas que pasan;
la luz que quema agujeros en la cortina,
deslumbrándome los ojos en blanco.

Vuelven a salir mis vecinos
como los muertos vivientes,
o como autómatas hechos de cristal,
frágiles y seguros en sus pasos,
siempre iguales y sin cambiar,
atrapados en sus petrificadas rutinas
de perros ansiosos,
marujeos vacíos gritados en la calle,
«buenos días» que solo rellenan
la distancia abismal entre ellos
sin nunca alcanzar quiénes son
en el fondo de sí mismos.

Así se pone en marcha el mundo
con los golpes desconocidos que atraviesan
estas paredes finas de papel;
con los carteros que repiten sus danzas
de timbres e itinerarios;
con los mismos coches que parten
hacia sus destinos monótonos;
un teléfono que suena en la distancia
y que es contestada con la misma ira
de todas estas mañanas vacías.

Vuelve mi madre a ponerse sus zapatos
para andar por el pueblo
persiguiendo metas que nunca cumple;
tomándose el mismo café de hace años,
sin encontrar nunca el sorbo perfecto.
Temiendo la vuelta de las esquinas,
cada vez andando más lento
apoyando en un bastón cada vez más corto,
peleando contra el pasar de los años.

Y yo no supero estas noches sin sueño,
cada más viejo y más miserable,
durmiendo por los días
y despertando por las noches,
andando con los ojos en blanco,
con la mente en blanco,
sin querer saber
y sin saber qué querer;
perdido y callado y taciturno,
aturdido por la droga
de la modernidad.
Evadiéndome en las historias
que nunca he vivido
y que nunca viviré;
recordando un pasado que siempre
pareció mejor que el ahora,
añorando las cosas que abandoné; 
recordando todo aquello que erré.
Volviendo a los sueños
como quien vuelve a despertar
a una vida perfecta hecha a medida;
a los sueños que cada vez son más tardíos,
que llegan más erráticos,
que son cada vez más lentos;
que a veces se escapan 
como las oportunidades,
y a veces vienen
como las sorpresas: 
sin anunciar,
sin querer.

Y escucho las persianas que se levantan,
anunciando otra iteración de la misma historia,
con un día diferente en el calendario,
pero siendo el mismo día en la vida
de toda esta gente que busca algo distinto.
Y yo soy ellos sin ser como ellos,
atrapado en esta noche sin sueño,
que se hace larga y se hace mañana. 
Que es la misma mañana todos los días,
como ese Día de la Marmota
que nunca acaba
y que solo empieza.
Con el mismo tictac del reloj
y de las mismas puertas abriéndose,
y de los mismos ruidos en las mismas casas,
y los mismos motores arrancando,
y los mismos perros ladrando,
y la misma gente hablando
de los mismos temas que nunca cambian.

 

 

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En tierra del silencio

En tierra de silencio
no somos historia de nadie. 

Nos hemos hecho finos, 
como fantasmas de humo, 
colgado de renglones
que no conseguimos terminar. 

Como el vacío
que nos llena 
y se pone entre 
nosotros. 

Nos hemos ido
sin regreso, 
lentamente;
atrapados
en un momento 
sin poder escapar. 

¿Dónde estáis?, 
pregunto en el eco
que vuelve revuelto; 
no os encuentro, 
no os conozco. 

No os leo, 
¿dónde estáis?

Escribo a trompicones

Hace 3 años...

Escribo a trompicones,
como si este esguince
también afectara a mis palabras.
A trompicones, sin apoyar bien,
arrastrándome por las historias,
buscando alivio
pero encontrando dolor.

Escribo
porque no sé hacer otra cosa,
al igual que camino
porque no sé hacer otra cosa.

Escribo porque es mi verdad.
Y ando porque es mi naturaleza.

Escribo porque si paro, no sé quién soy:
no sé a dónde voy,
no sé qué hago.
Y aun si escribo,
nada de eso lo sé, no os voy a mentir.
Pero me alivia.
Me alivia mucho.

Y ando porque si paro, no sé quién soy:
no sé a dónde voy;
no sé qué hago.
Y aun si ando,
nada de eso lo sé.
Pero me alivia,
y me alivia mucho.

Escribo porque dejo
de sentirme olvidado;
de sentirme solo.
Y ando porque
me aleja de la soledad;
y lleno el espacio vacío
de paisajes;
lleno el silencio de palabras.

Escribo porque me da placer,
levanta mis pasiones,
despierta mi alma;
contenta mi corazón.
Y ando porque me da vida,
levanta mis ánimos,
despierta mi seso;
contenta mi cuerpo.

En fin, escribo
porque lo requiero;
como respirar
o dormir,
o amar,
aunque muchas veces
no duermo por escribir;
y despierto solo para escribir.
Y ando
porque lo necesito
como disfrutar,
como soñar,
como sentir.

Escribo a trompicones
como ando con tropiezos;
pero sin pausar
ni parar.

Momentos

Es breve.

Fugaz.

Se va.

Como esa estrella que cae; 

pide un deseo, ¡rápido!

No la dejes escapar. 

Una hoja al aire de otoño;

el sentimiento huye.

Se esconde.

Se encoge.

Anda en la calle,

de noche.

No hay nadie.

Escucha sus pasos

bajo las estrellas

y en el canto de grillos.

Y vuelve.

Y no sabe; 

no quiere. 

Se lee.

Y se olvida.

Se va.

Y espera.

Hasta que no puede más.

Pero volverá

y no durará.

Pero está.