El Insomnio

¿Acaso exagero? ¿Acaso me lo invento? ¿Es un simple producto de mi estilo de vida y sus vicios? ¿O es mi estilo de vida y sus vicios un producto del insomnio?

Me vi ya con 17 sufriendo un ataque de ansiedad. Era a principios del 2010. Me preparaba entonces la Prueba de Acceso a la Universidad (P. A. U.) y todo el peso se me vino encima de repente. Me vi semanas corto, falto de tiempo. Y entre los ataques de ansiedad, empecé a dormir mal. Muy mal. Me podía quedar horas despierto solo pensando en qué sería de mi vida si… si…

Desarrollé como una «percepción atrasada», como si el mundo se convirtió en uno de esos vídeos en el que la imagen va a un ritmo y el sonido, que debería ir al mismo, fuese a otro. Yo, mis ojos, mis oídos… captaban lo que la gente decía, lo que pasaba, pero el cerebro iba un microsegundo por detrás. Un sutil retraso que me afectó durante semanas. Fue perturbador, pero sobre todo muy frustrante. No podía mantener conversaciones coherentes (más que nada, porque no me enteraba), no podía leer sin perder el hilo, y ver la televisión ya… 

Me dijo la psicóloga que era una temporada. Que se me pasaría una vez desapareciese «el objeto de mi ansiedad». Sencillo: aprobado el examen, lo demás volvería a la normalidad. 

El examen no lo bordé. Hubo decepciones. Pero el «retraso perceptivo» desapareció, eventualmente. Lo único que no desapareció desde entonces fue el insomnio. Desde aquel 2010 hasta hoy, me has ataques de insomnio: algunas veces sé por qué, soy consciente de los problemas que me asaltan en la oscuridad; otras veces puedo ser un vacío mental y simplemente no dormir. 


En junio del 2010 fallé a entrar en mi carrera por unas décimas. De todas las (catorce) opciones vacías que me ofrecían y que rellené con carreras que una vez consideré, solo entré a la última. (La última siendo precisamente una «carrera relleno»: una opción que puse por poner, y que ahora sé que no debí hacerlo, pero que entonces hice inocentemente pensando que me iba a tocar algunas de las primeras; ni en mis temores más salvajes consideré que iba a estar tan mal parado). Por entonces tenía cosas como aspiraciones, expectativas, ambiciones, sueños, ilusión. Cosas que tienen los jóvenes. Ni de lejos me imaginé que me iba a tocar la 14.ª opción… Fue un bofetazo en la cara. De lado a lado, marcando y cortante.

No fue del todo un año perdido… Hice un buen grupo de amigos y aprendí un par de cosas sobre la vida, sobre mí, sobre el sistema del que había decidido participar. No obstante, las preocupaciones nunca se fueron.

[La universidad española está jodida. No es el tema de esta confesión, sino un apunte. Está muy jodida y, al menos para mí, me ha jodido desde que fallé en 2010. Como que el error que cometí nunca más me lo van a perdonar. El sistema, desde entonces, se ha encargado de recordarme y recordarme, y también castigarme, por aquellas malas decisiones que hice entonces y que sigo, y seguiré, pagando ahora. Como una mancha que nunca más se quita. Un paria atrapado en el sistema.]

Las preocupaciones solo crecieron, junto a otros sentimientos. Sentimientos como el arrepentimiento o la culpa, o la frustración, o la sensación de ser estúpido e inútil. Lo que tenía claro es que tenía que salir de esa carrera y entrar a lo que siempre quise (o lo que creí siempre querer, que es distinto).

Así que tomé otra muy mala decisión: tomarme un año sabático para… Para hacer nada. No hice nada. Leer mucha Psicología y Sociología. Ni siquiera cultivé mis intereses o las relaciones, o me saqué el carné de conducir o salí a viajar o empecé a trabajar. No. Fue un año emocionalmente raro, además. No fue especialmente oscuro o convulso: fueron esos 19 que quisieron ser crisis pero acabaron siendo un desorden sin objetivo ni razón de ser. Ahora sé que fue una pérdida monumental e increíblemente estúpido de tiempo y que nunca, nunca podré recuperar…

En fin. Después de estudiar el verano del 2012, en septiembre aprobé con la nota suficiente para entrar en la carrera que (supuestamente) quería… Y seis años más tarde, aquí estoy. Atrapado, frustrado, desilusionado, engañado, desmotivado, cabreado, harto, decepcionado, cansado, triste. Sentimientos de atasco y coágulo, y complejos, que me consumen y me ausentan. Y me apagan.

¿Y qué tiene que ver el insomnio en todo esto? El insomnio es lo que da sustento a esta historia. Se nutra de ella, de hecho. El insomnio es como un buen colector. Me gustaría decir que es coleccionista, pero no es ni romántico ni bonito, ni tiene notas de afición y pasatiempo. No.

El insomnio simplemente recoge. Todo. Lo que sea. Como un colector de basuras o de aguas de alcantarillado. Recoge los deshechos, el agua de la lluvia que lleva polvo y mierda, y restos que no conocemos. Como las colillas de los cigarros o la mierda de perro. El insomnio es un buen recogedor… y lo amplia en las noches. 

Por alguna razón el vacío y el silencio de la oscuridad es un buen momento para llenarlo de cosas… de ruido que se quiere olvidar y dejar atrás. Que no hace falta reconsiderar. Que no hace falta repasar o revisitar. Que no hace falta, en general, recordar y recuperar. Y resentir y lamentar, y castigarse. 

Era… un insomnio tímido al principio, pero que creció y empeoró. Se rebeló. Se corrompió. Se convirtió en un insomnio disruptivo y, este año, más destructivo. El insomnio ladrón y posesivo. El insomnio irracional tan incesantemente reflexivo. Este monstruo que me roba los sueños y el descanso, y la paz —si es que es paz— de poder dormir para descansar y empezar un nuevo día mañana sin haber perdido la noche en el ayer. 


En el momento de la edición de este texto, la vida… mi vida ha vuelto a dar un giro de 180º. Después de estar semanas en limbo y perdiendo incluso más sueño (puedo decir que ya no me importa), decidí tomar otra decisión. No sé si es mala o buena. Es una decisión, que ya es algo. He decidí darle pausa a mis estudios y buscar un trabajo para ayudar en casa. Que es más urgente y necesario que sacarme una carrera que ahora me produce más dudas que certezas… Y además, las cosas este año en mi vida no son lo que fueron en el pasado… Son algo mejores, puedo decir. Tengo a alguien, por fin. Puedo decir ya, con certeza, que tengo a alguien y no estoy solo. Por primera vez. No ando solo. Y eso inspira una nueva fuerza. Quizá incluso inspira una nueva ilusión y, con el tiempo, una nueva historia. Tampoco quiero, ni creo que debo, dejarme llevar sin control. Aún me marcan tantos años de cinismo y depresión. Aún miro con recelo a las cosas buenas que, rara vez, me pasan. He aprendido… la vida me ha enseñado así, qué puedo hacer. Y ahora que vuelvo sobre este texto y lo edito, lo medito, debo confesar en otro tono: que no todo está fijo, inmóvil, en piedra. Que la vida no es un sino inamovible y abocado al fracaso. Que no podemos… no puedo seguir regodeándome en el pasado y sus errores, y todas las decisiones que me pesan. No puedo seguir cargando con eso, con cosas que no se pueden cambiar aunque lo desee muy fuertemente… Así que… quiero dejarlo ir. Dejarlo caer de mi espalda, estirarme y cambiar de dirección. Este camino de convicciones y sueños de adolescencia no me ha funcionado en todos estos años. Ya bastante es que me haya dado cuenta ahora. Tenía que darme cuenta en algún momento, ¿no? De que el cambio es inevitable; que es algunas veces necesario y que muchas veces no viene por si solo. Necesita un empujón; yo necesitaba un empujón… Salir de esa zona de confort… No: esa zona de malestar, desasosiego y pesadumbre. Ahora sé que me había acostumbrado a todo lo malo y lo normalicé en mi mente. Y no me fue bien. Salir del lodo y el fango… De esos sentimientos viscosos y densos. Y respirar algo nuevo. 

Ahora siento miedo, esa es la otra confesión. El insomnio no se ha ido, lo sé, pero de momento he podido dormir varias noches seguidas sin esa voz de fondo. Pero el miedo no me mantiene despierto. Es una nueva emoción en mi estado. Miedo de lo desconocido. De cuán bien se me dará dar este paso. Cuán lejos llegaré. Miedo a descubrir quién soy de verdad o qué puedo hacer, o no… Es un miedo emocionante, algo que hace años no siento y que llegué a pensar, no volvería a sentir. 

El insomnio no es una enfermedad… es solo el síntoma. Y había que cambiar: los hábito; más allá de los físicos, los mentales y emocionales. 

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Hartosexual 

Hartosexual

De harto (fastidiado, cansado)sexual

1. Adj. invar. Dicho de una persona: que se ha cansado de tener una inclinación sexual; que se ha cansado de buscar pareja, aunque siga sintiendo atracción por el mismo o sexo opuesto. No confundir con asexualU. t. c. s.

2. Adj. Dicho de una relación erótica: que es inexistente. 

3. Adj. Perteneciente o relativo a la hartosexualidad o los hartosexuales.

 

En un momento de extrema soledad, fatiga emocional, quizá un poco de desesperación y sentimientos saturados de fracaso y conflicto interno y personal, busqué la catarsis en creer que, si tenía que elegir una palabra que describiera mi estado sentimental, sería esta. Una que no existía, por cierto, y una que, por tanto, tenía que inventarme. Algo solo mío (aunque seguramente sea la palabra que muchos también estén buscando). 

Y dejé esta nota como un borrador. Como un pósit al que nunca más iba a recurrir y que iba a relegar al olvido. Porque eso es lo que se hacen con los pósits, ¿no? Escribir supuestamente cosas para recordar, pero que acabamos negligiendo. O que se acaban perdiendo. 

En fin, da igual. Ahora las cosas han cambiado y esta palabra dejó de describir mi estado sentimental (emocional). Y como estoy «limpiando borradores», volvió esta nota y no hay manera de editarla, de cambiarla o transformarla en otra cosa. Así que ante la alternativa de deshacerme de ello para siempre, he decidido lanzarlo al vacío informático y que quede ahí. Para quien halle en ella consuelo.

 

*   *   *

Su espejo

Llega de la ciudad. Ya no puede más. La puerta se cierra por detrás y se queda quieto en medio del pasillo. Da un pequeño suspiro y relaja los hombros. Se deja como caer, de pie. El cansancio lo abruma por dentro y ya no puede más. Solo tiene una cosa en la mente, y es que necesita una ducha. Una buena, larga ducha caliente. Siente toda la ciudad en su piel, pegajosa y sucia. De hecho lo huele, el sudor. No lo soporta. No se soporta, en esa piel. Como que se la quiere quitar.

Así que se quita los zapatos con fastidio y se quita la ropa casi de golpe y la tira en una esquina de la habitación. Vive solo. Ni siquiera tiene un gato ni una planta que atender. De la habitación va al baño y se mira en el espejo. Ese espejo. El mismo espejo de todos los días. El que tiene varias manchas del cepillado y acumula polvo por la parte superior. El espejo que hace tan oscura la parte derecha de su cara, porque la bombilla se encuentra descentrada, y el reflejo que devuelve está desmejorado. Ese espejo que heredó de su familia y que le ha acompañado toda la vida, desde que era un chiquito y tiene memoria para acordarse de aquel espejo. Siempre ese espejo. Aún tiene la esquina rota por lo que sucedió y que intenta olvidar, ¿pero cómo puede hacerlo si siempre está ahí?

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© Allan Roney
Pensó una vez que lo tiraría un día. Deshacerse de ese trasto y comprarse uno nuevo. Uno moderno y limpio, y entero. En el que no vea constantemente los reflejos del pasado. En el que no vea a un yo que le devuelve una mirada tan cargada de resquemor, arrepentimiento y decepción. Una mirada hecha de ojeras y cansancio. Pensaba que sería un espejo para verse de otra forma. Al menos para intentar verse un poco mejor. «Por mucho que cambie el espejo, el hombre es el mismo», recuerda que le decía su madre. 

Abre el agua y la deja correr un rato para que se caliente. Aprovecha para lavarse las manos. Dos veces. Hoy parece que nada se quita. Cuando empieza a salir caliente, el vaho empaña el espejo. Se queda mirándolo un rato, su reflejo desdibujado por el vapor condensado. Pero ahí sigue y se ignora. Coge la toalla, la deja cerca sobre un reposo, y se mete en la ducha. Al abrir el agua, por un segundo, sale fría y su piel reacciona y se tensa. Pero rápidamente empieza a templar. Cierra los ojos y respira profundamente. Siente el agua caliente mojar su pelo, llegar al cuero cabelludo, caer por su rostro, sus párpados cerrados y el cuello, y gotea sobre el pecho, el abdomen, las piernas, la espalda. Cae y hace el ruido de ducha que tanto le relaja, y que algunas veces por la mañana le parece tan escandaloso. Pero a quién le importa, piensa; no hay prisas. No hay que obedecer reglas aquí, no tiene que dar explicaciones, no tiene que preocuparse de hacerlo bien o mal. Aquí no. 

Mantiene los ojos cerrados porque ha sido un día largo y duro, y quiere olvidarlo. Por un momento quiere que el mundo desaparezca mientras él esté ahí, impasible. Está así al menos diez minutos, estático para el chorro, sintiendo cómo va cayendo sobre su piel cansada y —empieza a sentir a veces— vieja.

Siente que se ha quitado parte de la ciudad que ha traído a casa. El humo, el polvo, el calor, la gente. El sudor pegajoso. Y siente que esa suciedad no es solo física. Es también mental. Poco a poco se relaja más y más, y empieza a dejar ir las cosas, el día, lo que ha ocurrido y también lo que no. Deja de pensar en todos los fallos, los fracasos. Las discusiones, los cabreos. Es su terapia diaria, y durante ese momento le funciona.

 

Después de ducharse, sale y coge la toalla para secarse. Nunca tarda mucho porque no acostumbra a secarse bien y qué más dará si está solo, piensa. No hay prisas. Al terminar, se dirige otra vez al espejo. No ve nada tras la condensación que ha empezado a formar gotitas y alguna ya realizó su descenso dejando tras sí una estela clara y limpia, donde la superficie del espejo vuelve a reflejar. En esa veta, ve una tira de su fragmento. 

Con el lado de la mano limpia el espejo y se descubre. Parece por un momento alguien nuevo. Su cuerpo desnudo, el pelo mojado y brillante, la cara relajada. El agua hace que algunas partes de su rostro aparezcan borrosas y ondulantes, pero su mirada es la misma mirada oscura. La misma mirada llena de dudas e inseguridad. La misma mirada que busca pero que no encuentra. Y que al mirarse, le hace sentir vulnerable y herido. La misma mirada que, algunas veces, le juzga duramente y sin solidaridad. 

«Por mucho que cambie el espejo, el hombre es el mismo», se recuerda. No sabe muy bien qué pretende perdiéndose tanto en ese espejo, qué espera de él. Lo cierto es que lleva tanto tiempo mirándose en ello que… Que hay algo de él en ese espejo. Algo de su alma queda en el reflejo. Y espera una reacción. Cada vez se ve más enajenado en ese espejo y siente que el hombre que le devuelve la mirada no es exactamente él. También sabe que pensar así es una locura, pero se mira y espera que eso le ayude a cambiar. A transformarse y a ver algo distinto en él. 

Después de todo, ese espejo le vio crecer y madurar. Le vio limpiarse la cara de barro cuando era niño, o a lavarse las lágrimas cuando alguien le regañaba. En ese espejo vio lo que otros niños verían cuando le pusieron el aparato (ortodoncia). Ese espejo le vio crecer barba y le enseñó a obsesionarse con su imagen. Tanto que casi le absorbe. Ese espejo vio todos los diferentes estilos de pelo que probó, el tatuaje y el pendiente que se hizo. Ese espejo vio el traje que usó para la graduación y también vio su cara cuando llegó borracho por primera vez a casa. Y también su cara cuando estuvo deprimido o cuando, tras mucho tiempo, encontró su primer trabajo. 

Y todo desde entonces hasta ahora, ese espejo —su espejo— lo ha reflejado. Pero muchas veces se pregunta… 

¿Y por qué refleja algo de lo que necesito saber? ¿Por qué no me das una respuesta? Si tanto has visto y tanto sabes de mí… ¿Por qué no me muestras algo nuevo? 

Su espejo, si un día le diese una respuesta… ¿Qué sería de él?

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© Pixabay

Pérdida o silencio

[Nota personal]: Lee primero todo; la negrita por separado. Son dos poemas con dos sentimientos distintos. 

Me fui porque me perdí.

Intenté volver, créeme.
Varias veces lo intenté,
pero el silencio creció como un cáncer.

Y enfermé.

Me tuve que ir
y buscar refugio en otra parte,
y encontrar lo que contarte.

Y nada hallé.

En el exilio lacerante
quise escapar del silencio,
pero solo el silencio fue abundante.

Así que desistí.

Y dejé de escribir.
De inventar.
Incluso de imaginar.

Y me dejé.

Pasó todo este tiempo
y es ahora que regreso
intentando recuperarte.

A ti.

Que me lees.
O eso quiero creer.
¿O es que también te perdí?

No quiero perderte.

Como yo me perdí.
No te vayas.
Quédate.

Te lo suplico desde aquí

 

 

La última almendra

L'Automne
© Willower Willough
Pasó el otoño y llegó el invierno. La última almendra ennegrecida permanecía inerte sobre la rama desnuda. Hacía ya tiempo que el viento se llevó la última hoja y el fruto se hallaba solo en una rama donde no había otros frutos.

La madera negruzca se encogía y se torcía, poco a poco, deshaciéndose bajo el sol de diciembre y secándose hasta el centro, crujiendo. Se dio por vencido después de ser consumido por todo un verano de sequía y fuego.

Y fuego.
Porque el fuego ardió violentamente en agosto
y llenó el granito de hollín,
cubrió el musgo,
dejó la tierra yerma
y el árbol mustio.

Todo ahora ha quedado hecho ruina y ceniza en la memoria.

*      *      *

De pequeño, era uno de tres almendros que había en la casa. Los tres eran distintos porque daban frutos de distinto tamaño y forma. Durante una época pensé cómo era eso posible, pero luego aprendí lo que era una «variedad» y aprendí que a mi abuelo le gustaba plantar variedades distintas. Variedades que había traído de su pueblo y que recogió durante muchos años. Y que le gustaban porque daban almendra dulce. Solo almendra dulce.

Él hacía la cosecha ahora a finales de agosto. Con un palo muy largo y cuando sabía que la almendra ya había madurado —el pedúnculo que lo mantenía a la rama se había secado—, empezaba a agitar la copa y una lluvia de almendras caía desde las alturas. Y si alguna se resistía, con la punta del palo las sacaba. No era raro que se nos cayesen en la cabeza, con las risas consecuentes. Fue divertido.

Mi madre me enseñó a abrirlas cuando aún eran «almendras de leche»: la carne no había endurecido al sol y eran blancas y muy tiernas. Era un arte: si las abrías muy tempranas en la temporada, saldrían babosas y blandas, incomestibles; si era demasiado tarde, ya estaban completamente maduras. Pero existe un periodo entremedias donde la almendras ni está dura ni está babosa, y es cuando nosotros nos las comíamos. Y el abuelo nos regañaba. Con razón.

Le gustaba secarlas para poder tener almendras durante todo el invierno, sobre todo para la abuela. Fue uno de sus muchos gestos de amor con ella.

Y siempre eran todas dulces. Nunca en los casi once años que vivimos juntos, probé una almendra amarga. «Por eso los eligió el abuelo», me decían. Era su don: que todo lo que plantaba y crecía, le daba frutos dulces y sabrosos. No hubo año en que los árboles le fallasen o que el huerto se marchitara sin dar cosecha. Y la tan necesaria hierbabuena sobrevivía los duros inviernos bajo la nieve. Cada año, los pinos le daban piñones —también para la abuela— y en primavera siempre florecían las lilas y los rosales, flores que siempre mi abuela disfrutaba. El único árbol que no tenía uso, era la mimosa africana que crecía bajo la ventana donde se sentaba mi abuelo a leer y a ver la televisión. Desde ese sitio, su sitio, en el salón lo controlaba todo: quién entraba a la casa, quién salía; quién abría el portón del jardín y quién llamaba al timbre; quién venía a visitar y quién se iba. Desde aquella ventana vio el pasar de las estaciones y controló el estado del jardín, su jardín.

 

Ahora hace ocho años que no vive allí. Que nadie vive allí. El jardín quedó abandonado, negligido, desamparado, ausente. Y cada año el verano es un poco más seco y más cálido. Aquellos almendros necesitaban mucha agua para dar sus frutos. El año en que nos fuimos, dejaron de beber. Y seguro murieron poco después.

Aquel jardín no podía existir sin mi abuelo. Aquellos almendros necesitaban de su mano, de su cuidado y atención. Quizá eso también le mantenía vivo a él…

Ahora en la memoria todo es yermo: el jardín, el huerto, la casa y las memorias secas que quedaron en ella. No solo quedó estéril, también quedó todo solitario. Ni siquiera creo que hayan podido crecer las hierbas que tanto odiaba mi abuelo. Excepto, quizá, las ortigas. Esas siempre salen. Pero creo que desde que nos fuimos todos, solo ha podido crecer el silencio y el polvo.

*      *      *

Fue una de aquellas tormenta de verano que tanto le gustaban a mi abuelo. Las tormentas de rayos. Un día de verano, uno de esos cayó en un lado de la casa. La madera rápidamente se incendió y se hizo ceniza con su voraz apetito. Fue de noche cuando todo el mundo dormía. El fuego crepitó bajo el cielo de relámpagos y truenos, y no solo consumió el almendro, también consumió la casa. Consumió todo a su paso. No fue hasta el alba cuando apagaron las últimas llamas. Para entonces, lo único que quedó fueron las cenizas y el yeso hecho polvo negro, y la ruina de ladrillo, roca y trozos de madera carbonizada sin consumir. En realidad el fuego se apagó solo, consumido por la soledad. Y la falta de viento.

Sus cimientos desnudos
levantaban ahora su recuerdo,
rodeado de polvo y un jardín desierto,
de árboles falto y de hierbas vacío.

En la noche flamígera, la vorágine de llamas alcanzó el tronco del almendro. Como látigos, el calor calcinó su corteza y la volvió negra. La madera silbaba en la noche a medida que se cocía lentamente. Se abrían pústulas en la superficie y desangraba resina en un último intento de protegerse del fuego. O solo fue un síntoma. Las burbujas de aire ardiente subían desde las llamas vertiginosamente en columna en la noche veraniega, siguiendo el tronco hacia la copa y quemando todas las hojas a su paso, haciéndolas retorcerse al perder el agua de golpe, incinerando sus puntas y dejándolas lacias, arrugadas, encogidas, secas.

El árbol lo perdió todo, menos aquella última almendra.

Es lo que queda de mi abuelo ahora en aquel jardín. No creo que valga ya, pero siempre soñé con aquella almendra ennegrecida. Quizá la semilla se salvó y se protegió del calor abrasador por la cáscara dura. Quizá brotaría un nuevo almendro de esa semilla y así podría seguir viviendo un poco del legado vivo de mi abuelo. Como el corazón verde y tierno de la esperanza, que es perenne, quizá esa semilla aún sea así. Verde y tierno por dentro, debajo de esa cáscara carbonizada y dura. 

Nunca lo sabré de todas formas.

 

 Surveying a field after burning. San Miguel Cuevas, Mexico. 
Inspeccionando un campo después de un incendio. San Miguel Cuevas, México | © Matt Black

A quién

¿Te acuerdas? Seguro que ya no. Pero te llegué a prometer una carta. Tú me decías que lo soltase todo sin pensarlo, como saliera. Sin filtros. Que dijese lo que quería decir antes de que cambiara. Y lo hice, ¿te acuerdas? Ya no. 

Me llevaste hasta una presa rota que acaudalaba un río del este, cuyo nombre ahora no hace falta mencionar. Estaba al final de un camino de arena, entre maizales secos y juncales todavía verdes. Lejos, cruzando un sobrepaso de la carretera que llevaba a ese pueblo al otro lado de Madrid.

© Ian Blázquez

Fue real. El atardecer bajo el que me atreví a cantar, superando por un instante el miedo que me paralizaba las tripas. Fue un atardecer bajo el que hice tantas promesas en mi mente, pero que luego no cumplí.

Te iba a escribir una carta. Algo realmente sincero y profundo. Pero lo que había de ella, lo acabé por borrar y en su lugar ahora queda esto. Y lo recuerdo.

La presa rota que me atreví a saltar, a pesar de que estaba seguro de que me iba a tropezar haciendo el ridículo. Qué hubieras pensado de mí. Nos sentamos apretados y te compartí los bocetos de una historia que todavía no he escrito. Una historia de fantasía en alguna tierra lejana en la mente, como son todas.

Y pensar ahora que esto está lejos y es desconocido. Que aquel paseo en el parque una última tarde de verano, prometiendo el otoño, ahora parece una visión. Fue real, pero también fue mentira.

Que quizá lo jodí. Dejé que se me fuera de las manos la ilusión. ¿O quizá nunca fue mío? Sí, bueno, me dijiste que no me sintiera culpable.

Te vi una última vez y nunca lo supiste. Na, nunca te lo quise decir. Pasamos al lado el uno del otro. Fue muy fugaz, casi como una sombra entre la gran muchedumbre que aquella tarde del solsticio reunió a curiosos y paganos cerca del Río de la ciudad y alrededores. Aquella tarde que encendieron los primeros farolillos de la ciudad y las lanzaron al aire, celebrando que por fin acababa el otoño. Un otoño muy corto, me pareció. El verano se alargó demasiado y ahogó las hojas en el camino. Y de repente vinieron las lluvias y se fueron. Fue raro.

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© Kike Rincón
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© Carlos Pina
Pero sí. Te vi. Tú a mí no. Salí corriendo en el sentido opuesto. No te puedo explicar exactamente por qué, pero no estaba preparado para enfrentarme a mi error. Me temía tener que dar explicaciones que no tenía. Ni tengo. Ni tendré.

Así que nunca te di la carta. Ni te la daré. Estas, ahora sé, serán las verdaderas últimas palabras de todo lo que te quise decir, pero que nunca me atreví a decirte. La carta invisible, el sentimiento inconfesable. Esto es… la amarga despedida. Estas palabras le dan fin a algo que nunca tuvo palabras ni historia, ni realmente comienzo. Así tampoco puedo decir que tenga fin. Algo insustancial realmente, tan ficticio como aquella historia que te conté y que aún no he escrito. Esta no-historia, a diferencia de aquella, ya se escribió en el silencio que tanto la siguió después.

Angustia escrita

Qué rabia me da —joder— releer todo lo que escribí y qué bien me parece ahora. ¿Y por qué lo perdí? Porque me dejé perder… Simple. 

Tan simple… 

¿Y ahora qué queda? Un portal lleno de borradores. 
Las historias del ayer, con sus sentimientos caducados. 
La voz del pasado que me recuerda aquello: 
todo tiempo pasado fue mejor… 
Y todo el peso de querer recuperar todo eso y no saber cómo… 

Tanto peso…

 ¿No sería más fácil despojarse de ese peso?
¿Liberarse de las cadenas de lo que ya fue?
¿Acaso tiene sentido querer que vuelva a ser?
¿Tiene sentido hundirse más cuando ya se tocó fondo?
¿Querer ganar el terreno ya ganado? 
¿Tiene sentido eso?
¿Mirar atrás y repetir las mismas historias pero con otro tiempo? 
¿Vivir en un mañana que en realidad es ayer? 
¿Lamentarse todo lo perdido y todo lo callado? 
¿Acaso todo es y será un constante lamento?

 

· · ·

 

No.
No tiene por qué ser así.
Y lo sé.
Ya lo sé.
Por eso me libero de estas palabras.
De estas preguntas.
De este borrador y de todo lo que supuso.
Ayer.
Una vez.
Las exorcizo.
Me las arranco.
Las tiro al vacío de otra hoja en blanco.
Y puedo ya olvidar.
Abrir un nuevo párrafo, otro apartado;
hacer borrón pero sin borrarlo, solo transformando.
Y en este proceso de cura y de liberación,
me despojo también de la angustia que me causa.
Y vuelvo a intentarlo.
Intentar escribir.
Desde otro cursor vertical que parpadea y espera.
Me espera.

Sin más. 

Sin complicaciones.
Con otro hilo. 
Otra forma. 
Experimentando. 
Descubriendo nuevos terrenos y… 
Buscando la voz, que también es nueva. 

 

 

*