Pérdida o silencio

[Nota personal]: Lee primero todo; la negrita por separado. Son dos poemas con dos sentimientos distintos. 

Me fui porque me perdí.

Intenté volver, créeme.
Varias veces lo intenté,
pero el silencio creció como un cáncer.

Y enfermé.

Me tuve que ir
y buscar refugio en otra parte,
y encontrar lo que contarte.

Y nada hallé.

En el exilio lacerante
quise escapar del silencio,
pero solo el silencio fue abundante.

Así que desistí.

Y dejé de escribir.
De inventar.
Incluso de imaginar.

Y me dejé.

Pasó todo este tiempo
y es ahora que regreso
intentando recuperarte.

A ti.

Que me lees.
O eso quiero creer.
¿O es que también te perdí?

No quiero perderte.

Como yo me perdí.
No te vayas.
Quédate.

Te lo suplico desde aquí

 

 

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La última almendra

L'Automne
© Willower Willough
Pasó el otoño y llegó el invierno. La última almendra ennegrecida permanecía inerte sobre la rama desnuda. Hacía ya tiempo que el viento se llevó la última hoja y el fruto se hallaba solo en una rama donde no había otros frutos.

La madera negruzca se encogía y se torcía, poco a poco, deshaciéndose bajo el sol de diciembre y secándose hasta el centro, crujiendo. Se dio por vencido después de ser consumido por todo un verano de sequía y fuego.

Y fuego.
Porque el fuego ardió violentamente en agosto
y llenó el granito de hollín,
cubrió el musgo,
dejó la tierra yerma
y el árbol mustio.

Todo ahora ha quedado hecho ruina y ceniza en la memoria.

*      *      *

De pequeño, era uno de tres almendros que había en la casa. Los tres eran distintos porque daban frutos de distinto tamaño y forma. Durante una época pensé cómo era eso posible, pero luego aprendí lo que era una «variedad» y aprendí que a mi abuelo le gustaba plantar variedades distintas. Variedades que había traído de su pueblo y que recogió durante muchos años. Y que le gustaban porque daban almendra dulce. Solo almendra dulce.

Él hacía la cosecha ahora a finales de agosto. Con un palo muy largo y cuando sabía que la almendra ya había madurado —el pedúnculo que lo mantenía a la rama se había secado—, empezaba a agitar la copa y una lluvia de almendras caía desde las alturas. Y si alguna se resistía, con la punta del palo las sacaba. No era raro que se nos cayesen en la cabeza, con las risas consecuentes. Fue divertido.

Mi madre me enseñó a abrirlas cuando aún eran «almendras de leche»: la carne no había endurecido al sol y eran blancas y muy tiernas. Era un arte: si las abrías muy tempranas en la temporada, saldrían babosas y blandas, incomestibles; si era demasiado tarde, ya estaban completamente maduras. Pero existe un periodo entremedias donde la almendras ni está dura ni está babosa, y es cuando nosotros nos las comíamos. Y el abuelo nos regañaba. Con razón.

Le gustaba secarlas para poder tener almendras durante todo el invierno, sobre todo para la abuela. Fue uno de sus muchos gestos de amor con ella.

Y siempre eran todas dulces. Nunca en los casi once años que vivimos juntos, probé una almendra amarga. «Por eso los eligió el abuelo», me decían. Era su don: que todo lo que plantaba y crecía, le daba frutos dulces y sabrosos. No hubo año en que los árboles le fallasen o que el huerto se marchitara sin dar cosecha. Y la tan necesaria hierbabuena sobrevivía los duros inviernos bajo la nieve. Cada año, los pinos le daban piñones —también para la abuela— y en primavera siempre florecían las lilas y los rosales, flores que siempre mi abuela disfrutaba. El único árbol que no tenía uso, era la mimosa africana que crecía bajo la ventana donde se sentaba mi abuelo a leer y a ver la televisión. Desde ese sitio, su sitio, en el salón lo controlaba todo: quién entraba a la casa, quién salía; quién abría el portón del jardín y quién llamaba al timbre; quién venía a visitar y quién se iba. Desde aquella ventana vio el pasar de las estaciones y controló el estado del jardín, su jardín.

 

Ahora hace ocho años que no vive allí. Que nadie vive allí. El jardín quedó abandonado, negligido, desamparado, ausente. Y cada año el verano es un poco más seco y más cálido. Aquellos almendros necesitaban mucha agua para dar sus frutos. El año en que nos fuimos, dejaron de beber. Y seguro murieron poco después.

Aquel jardín no podía existir sin mi abuelo. Aquellos almendros necesitaban de su mano, de su cuidado y atención. Quizá eso también le mantenía vivo a él…

Ahora en la memoria todo es yermo: el jardín, el huerto, la casa y las memorias secas que quedaron en ella. No solo quedó estéril, también quedó todo solitario. Ni siquiera creo que hayan podido crecer las hierbas que tanto odiaba mi abuelo. Excepto, quizá, las ortigas. Esas siempre salen. Pero creo que desde que nos fuimos todos, solo ha podido crecer el silencio y el polvo.

*      *      *

Fue una de aquellas tormenta de verano que tanto le gustaban a mi abuelo. Las tormentas de rayos. Un día de verano, uno de esos cayó en un lado de la casa. La madera rápidamente se incendió y se hizo ceniza con su voraz apetito. Fue de noche cuando todo el mundo dormía. El fuego crepitó bajo el cielo de relámpagos y truenos, y no solo consumió el almendro, también consumió la casa. Consumió todo a su paso. No fue hasta el alba cuando apagaron las últimas llamas. Para entonces, lo único que quedó fueron las cenizas y el yeso hecho polvo negro, y la ruina de ladrillo, roca y trozos de madera carbonizada sin consumir. En realidad el fuego se apagó solo, consumido por la soledad. Y la falta de viento.

Sus cimientos desnudos
levantaban ahora su recuerdo,
rodeado de polvo y un jardín desierto,
de árboles falto y de hierbas vacío.

En la noche flamígera, la vorágine de llamas alcanzó el tronco del almendro. Como látigos, el calor calcinó su corteza y la volvió negra. La madera silbaba en la noche a medida que se cocía lentamente. Se abrían pústulas en la superficie y desangraba resina en un último intento de protegerse del fuego. O solo fue un síntoma. Las burbujas de aire ardiente subían desde las llamas vertiginosamente en columna en la noche veraniega, siguiendo el tronco hacia la copa y quemando todas las hojas a su paso, haciéndolas retorcerse al perder el agua de golpe, incinerando sus puntas y dejándolas lacias, arrugadas, encogidas, secas.

El árbol lo perdió todo, menos aquella última almendra.

Es lo que queda de mi abuelo ahora en aquel jardín. No creo que valga ya, pero siempre soñé con aquella almendra ennegrecida. Quizá la semilla se salvó y se protegió del calor abrasador por la cáscara dura. Quizá brotaría un nuevo almendro de esa semilla y así podría seguir viviendo un poco del legado vivo de mi abuelo. Como el corazón verde y tierno de la esperanza, que es perenne, quizá esa semilla aún sea así. Verde y tierno por dentro, debajo de esa cáscara carbonizada y dura. 

Nunca lo sabré de todas formas.

 

 Surveying a field after burning. San Miguel Cuevas, Mexico. 
Inspeccionando un campo después de un incendio. San Miguel Cuevas, México | © Matt Black

A quién

¿Te acuerdas? Seguro que ya no. Pero te llegué a prometer una carta. Tú me decías que lo soltase todo sin pensarlo, como saliera. Sin filtros. Que dijese lo que quería decir antes de que cambiara. Y lo hice, ¿te acuerdas? Ya no. 

Me llevaste hasta una presa rota que acaudalaba un río del este, cuyo nombre ahora no hace falta mencionar. Estaba al final de un camino de arena, entre maizales secos y juncales todavía verdes. Lejos, cruzando un sobrepaso de la carretera que llevaba a ese pueblo al otro lado de Madrid.

© Ian Blázquez

Fue real. El atardecer bajo el que me atreví a cantar, superando por un instante el miedo que me paralizaba las tripas. Fue un atardecer bajo el que hice tantas promesas en mi mente, pero que luego no cumplí.

Te iba a escribir una carta. Algo realmente sincero y profundo. Pero lo que había de ella, lo acabé por borrar y en su lugar ahora queda esto. Y lo recuerdo.

La presa rota que me atreví a saltar, a pesar de que estaba seguro de que me iba a tropezar haciendo el ridículo. Qué hubieras pensado de mí. Nos sentamos apretados y te compartí los bocetos de una historia que todavía no he escrito. Una historia de fantasía en alguna tierra lejana en la mente, como son todas.

Y pensar ahora que esto está lejos y es desconocido. Que aquel paseo en el parque una última tarde de verano, prometiendo el otoño, ahora parece una visión. Fue real, pero también fue mentira.

Que quizá lo jodí. Dejé que se me fuera de las manos la ilusión. ¿O quizá nunca fue mío? Sí, bueno, me dijiste que no me sintiera culpable.

Te vi una última vez y nunca lo supiste. Na, nunca te lo quise decir. Pasamos al lado el uno del otro. Fue muy fugaz, casi como una sombra entre la gran muchedumbre que aquella tarde del solsticio reunió a curiosos y paganos cerca del Río de la ciudad y alrededores. Aquella tarde que encendieron los primeros farolillos de la ciudad y las lanzaron al aire, celebrando que por fin acababa el otoño. Un otoño muy corto, me pareció. El verano se alargó demasiado y ahogó las hojas en el camino. Y de repente vinieron las lluvias y se fueron. Fue raro.

[link to]
© Kike Rincón
 [link to]
© Carlos Pina
Pero sí. Te vi. Tú a mí no. Salí corriendo en el sentido opuesto. No te puedo explicar exactamente por qué, pero no estaba preparado para enfrentarme a mi error. Me temía tener que dar explicaciones que no tenía. Ni tengo. Ni tendré.

Así que nunca te di la carta. Ni te la daré. Estas, ahora sé, serán las verdaderas últimas palabras de todo lo que te quise decir, pero que nunca me atreví a decirte. La carta invisible, el sentimiento inconfesable. Esto es… la amarga despedida. Estas palabras le dan fin a algo que nunca tuvo palabras ni historia, ni realmente comienzo. Así tampoco puedo decir que tenga fin. Algo insustancial realmente, tan ficticio como aquella historia que te conté y que aún no he escrito. Esta no-historia, a diferencia de aquella, ya se escribió en el silencio que tanto la siguió después.

Angustia escrita

Qué rabia me da —joder— releer todo lo que escribí y qué bien me parece ahora. ¿Y por qué lo perdí? Porque me dejé perder… Simple. 

Tan simple… 

¿Y ahora qué queda? Un portal lleno de borradores. 
Las historias del ayer, con sus sentimientos caducados. 
La voz del pasado que me recuerda aquello: 
todo tiempo pasado fue mejor… 
Y todo el peso de querer recuperar todo eso y no saber cómo… 

Tanto peso…

 ¿No sería más fácil despojarse de ese peso?
¿Liberarse de las cadenas de lo que ya fue?
¿Acaso tiene sentido querer que vuelva a ser?
¿Tiene sentido hundirse más cuando ya se tocó fondo?
¿Querer ganar el terreno ya ganado? 
¿Tiene sentido eso?
¿Mirar atrás y repetir las mismas historias pero con otro tiempo? 
¿Vivir en un mañana que en realidad es ayer? 
¿Lamentarse todo lo perdido y todo lo callado? 
¿Acaso todo es y será un constante lamento?

 

· · ·

 

No.
No tiene por qué ser así.
Y lo sé.
Ya lo sé.
Por eso me libero de estas palabras.
De estas preguntas.
De este borrador y de todo lo que supuso.
Ayer.
Una vez.
Las exorcizo.
Me las arranco.
Las tiro al vacío de otra hoja en blanco.
Y puedo ya olvidar.
Abrir un nuevo párrafo, otro apartado;
hacer borrón pero sin borrarlo, solo transformando.
Y en este proceso de cura y de liberación,
me despojo también de la angustia que me causa.
Y vuelvo a intentarlo.
Intentar escribir.
Desde otro cursor vertical que parpadea y espera.
Me espera.

Sin más. 

Sin complicaciones.
Con otro hilo. 
Otra forma. 
Experimentando. 
Descubriendo nuevos terrenos y… 
Buscando la voz, que también es nueva. 

 

 

*

Próxima parada

No soy la misma persona que empezó escribiendo.
Ni siquiera soy una sombra de quien fui.
Por el camino me dejé muchas palabras;
y ahora ya no sé ni siquiera escribir.

Qué hago, por tanto, es la gran pregunta;
qué hago aquí, quizá, tenga una razón.
La primera es mi completa existencia,
y la segunda es solo otro borrón.

No escribo bien,
no sé qué decir. 
Me perdí;
dejó de tener sentido, por ejemplo,
leer todo lo que ya escribí.

No tiene sentido lo que no terminé.
Tampoco tiene sentido ahora todo lo que guardé.
No tiene sentido volver a leerlo,
ni tampoco a intentar terminarlo
ya sin entenderlo.

Me hallan lejano,
ajeno,
añejo
aquellas palabras sin metas;
no tiene sentido el apego
a todas esas historias incompletas.

Dejó de tener sentido todo lo que quise escribir,
que nunca dije y que siguen ahí.

(Sin fin).

Y como dijo un amigo: 
ahora toca limpiar,
deshacer.
Tirar.
Buscar otros sentimientos, 

quizá también otra verdad.

Lo que toca ahora es simplemente borrar. 
Dejar el pasado donde debe estar: 
lo que pasó, atrás; 
y lo que pasa, contarlo sin más. 

Ni siquiera fui yo mismo cuando callé, 
cuando me fui de este sitio en el que tanto me refugié.
Y quizá ahora toca aceptar que mis palabras han cambiado: 
que mi voz, quizá, también ha madurado. 

Que ya no es dolor de lo escribo, 
ni de la nostalgia
ni del aislamiento indefinido.

Que el silencio acaba cuando me lo proponga. 
No es un ser que me retenga a toda costa. 

Me perdí y eso me ha cambiado.
Y no solo me perdí, sino que me he olvidado:
creo que me olvidé de escribir,
y quizá más de contar.   
Pero eso nunca lo sabré 
sin siquiera intentar.

Y es ahora, a la vuelta —proceso tan septembrino—,
que la frase “borrón y cuenta nueva” adquiere un nuevo brillo.

 

Buscar una nueva voz, 
un nuevo sitio; 
seguir aquí, 
pero sin cambiar de libro.
Con la misma historia, 
pero distinto hilo.
Como quien viaja 
y descubre lo desconocido.
Soñando la próxima parada
en esta vida que muchos llaman destino

 

 

Letargia

También “letargo”. 

No sé qué hora es, pero el sol taladra las pequeñas aberturas de la persiana y se ahoga en la cortina sucia. Alcanzo el reloj de pulsera en la mesilla; se ha parado, a las tres de la tarde. «¿Fue este calor?», pienso.

 

El ambiente letárgico de una tarde de verano | Ian Blázquez

 

Siento el peso del cansancio calarme de arriba abajo, como que me paraliza y no me deja respirar; me ahoga. La cabeza me vence; quiero seguir durmiendo. Durmiendo hasta que el sol desaparezca y se haga de noche; «hasta que se haga mañana y pasado mañana». Dormir casi hasta que no haya sueños. 

Pero me falta agua. 

Tengo la boca seca y los labios, me noto, los tengo agrietados. Intento salivar, pero no hay forma de quitarse este sabor… 

«Venga, levántate», me digo, como si fuese Lázaro volviendo del otro mundo; levantando tras el largo sueño. Además, me duele la espalda, así que se hace toda una hazaña. «¿Cómo lo hace la gente para sobrevivir así todos los días?». 

Tengo modorra, la verdad. No termino de abrir los ojos; esta luz me deslumbra… Pienso que es más fácil quedarse tumbado que pasar por todo este proceso

Apago el ventilador y, ni unos segundos tarda, me abofetea el calor y me despierta malamente. Es una masa que asedia cada milímetro de mi piel. Me rodea por completo, cada pliegue de mi piel empieza a sudar y lo único que siento es repulsa: repulsa por este saco de carne del que me quiero desprender. 

«¡Pero qué es esto! ¡Liberadme!», siento que estoy gritando en mi cabeza. 

Y me quedo sentado al borde de la cama, mirando… No estoy mirando nada; y mirando todo. Mirando la pared enfrente; el colgador con los abrigos de invierno; la ropa usada sobre la silla; las fotos pegadas en la pared; mis libros amontonados en la estantería; los cuadernos nuevos hacinados en un hueco del escritorio, esperando a ser escritos; los bolis desperdigados sobre el escritorio vacío… 

Un horario cronológicamente planeado que debía seguir al minuto, pero que mi… loquesea [1] no me deja seguir… Otro fallo visible, que está ahí, pero que ignoro, pasa desapercibido; en el fondo de mi mente reflotando constantemente, reprochándome… 

Suspiro y me dejo hundir en el colchón, encorvando la espalda, los pies a penas reposando sobre el suelo. 

La abulia (desgana, apatía, dejadez, displicencia, desinterés, aburrimiento, indiferencia) y la pesadez es lo único que me vienen a la cabeza: en cada aspecto del momento, en cada cualidad de mi ser; todo es pesado, cargante, casi abrumador… 

«Con razón se ha parado el tiempo. Podría morir ahora mismo y nada, absolutamente nada, cambiaría», razono… 

Y me quedo quieto, contemplando, absorbiéndome en el momento… 

En la casa no escucho ni el ruido de la tele y en la calle no suena el tumulto de los vecinos. «¿Qué está pasando?», me pregunto. Realmente no corre ni una brizna de aire, no escucho las golondrinas piar… Ni un coche pasa por el barrio. No juegan —ni gritan— tan escandalosamente los niños, como siempre; ni oigo la cháchara de las vecinas cotilleando o quejándose. No ladran los perros ni maúlla mi gato, ni se escuchan los golpes inexplicables de vecinos ¿moviendo cosas?, ni el estrépito de música de la juventud que se anuncia sin tapujos… Nada. 

Nada. 

El mundo estático, como si se ha detenido. De golpe. Pum. Pausa. 

«¿Soy yo?», considero. «¿Qué pasa, qué es esto?», me extraño. Es todo un acontecimiento que no haya ni una pizca, ni un indicio, de ruido. Me preocupo. 

 

[Ahora que lo describo, en retrospectiva, tenía que haber disfrutado más de ese momento tan excepcional, pero…]. 

 

Pero me levanto; «tengo que seguir», me justifico. Tengo que descubrir que todo sigue igual, fuera de esta burbuja, al margen de mi burbuja; que todo sigue a pesar de mí; que sigue igual “de normal”… 

Que la “letargia” del verano… ¿Tiene fin? 

 

 

 

[1] En el primer escrito se podía leer: «pero que mi ¿pereza? ¿Procrastinación? ¿Depresión? no me deja seguir…», pero decidí cambiarlo por pudor, o miedo, o vergüenza… 

Una exposición

¿Nos olvidan si no hablamos? ¿O somos nosotros quienes por no hablar, olvidamos? ¿O es que el tiempo nos enflaquece, más allá de nuestro cuerpo? Cada vez más finas y más lejanas nuestras palabras, hasta que… 

Dejé el blog. 

No tiene más. Creo que ya van haciendo dos años de esta sequía… Un mes se convirtió en un verano; el verano se hizo invierno y llegó otro año nuevo, que se hizo otro verano… y la tierra yerma, y el silencio lacerante. 

Sigo sin tener historias. Tengo mucho sobre mí, que es mucho sobre nada. Solo puedo decir que la vida ha dado muchas vueltas y que muchas lecciones han sido aprendidas. Así, en pasiva y con perspectiva (léase, con distancia). 

Ahora vuelvo sin del todo volver y hago lo que siempre: releo lo que dejé a medias, todos esos borradores; maldito. Intento volver a eso, encontrar la palabra por el camino pero ¿a quién quiero engañar? ¿Es posible… No. La palabra no es “posible”; ¿es sensato volver a retomar el pasado cuando tanto ha cambiado? 

Preguntas que me hago… Me empeño en vivir hoy, ahora; me digo de escribir de novo, olvidar todo lo que ya dije y todo lo que escribí pero que nunca terminé. “Es pasado”, me repito… ¿Pero realmente lo es? ¿Entonces por qué aún los guardo? ¿Por qué guardáis vosotros lo que escribís pero que nunca termináis? ¿Por qué guardar nada? Nadie nunca lo leyó, ¿así qué importa? ¿Acaso esperamos salvar algo? ¿Por qué estar tan atascados? 

Y otra voz me dice que “por alguna parte hay que empezar”… Es cierto, por alguna parte… 

Y cuando dejo de absorberme en los borradores, leo todo lo que han escrito en mi ausencia. ¿Quizá encuentre respuestas ahí? ¿Quizá halle inspiración, motivación, impulso? ¿Quizá vuelva mi voz?

*

[image link] | Davron Marketing
Lo que pasa es que dejé de escribir y no sé cómo retomarlo. Durante un tiempo en mi vida me ayudó a seguir: me dio refugio y consuelo. Cuando nadie más me escuchaba o yo no sabía hacerme escuchar, tenía un rincón donde escribir y liberarme. Con el tiempo y el uso, se me hizo cada vez más fácil, hasta que fue como un vicio o una manía. O un hábito. Lo hacía todos los días… y luego dejó de ayudarme. Empecé a encontrar trabas y había muchas cosas que me insatisfacían: ideas incompletas, frases a medias… ¡Detalles! Y sabéis lo que dicen… el diablo está en los detalles… Después de ese periodo de caos, cayó un telón de acero y silencio y… bueno, dejé de escribir. No tiene más. 

Dejé el blog. Dejé las notitas a parte. Dejé los folios doblados con ideas. Dejé los cuadernos en blanco. Dejé de imaginar… y dejé de escribir. 

Esta es mi exposición, como cualquier otra. 

Ahora estoy lleno de preguntas y con un anhelo… que no termina de arrancar. 

¿Y si… no soy el mismo ya? ¿Y si ya no puedo escribir? 

Tengo miedo. 

¿Y ahora qué?

[image link] | Pixelbliss / Shutterstock

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