Adiós Miedo

Habrá pasado todo este tiempo, pero ahora más que nunca es cuando estas palabras adquieren toda la verdad. Por eso las rescato… y las recuerdo. 

30 de septiembre del 2015

Puedo decir que me he liberado de ti, por fin. Que ya no estás ahí agarrándome las ilusiones o las expectativas, o la sorpresa; ahora todo eso es mío. Que ya no jugamos a este amor con tus reglas o a tu ritmo; eso también lo he recuperado. Ahora jugamos a mi ritmo y con mis reglas; bajo mi control. Soy yo el que dicta ahora el destino de este sentimiento y de su historia: a dónde va, por dónde va, por qué va. Y ahora que por fin me he liberado de ti, Miedo, me siento libre. Real, felizmente libre. Así que, adiós Miedo, adiós.

Somos gotas

Uno de marzo. El cielo está encapotado y el viento arrecia en la lejanía. El frío hiela la roca, el árbol, las manos, la luz del día. Y a medida que avanzan las horas, también así lo hacen las nubes.

Entonces empieza a llover. Al principio, las primeras gotas son tímidas, pero empapan el asfalto y lo convierte en un mosaico de charcos. Luego se hace una cortina constante de agua que convierte los charcos en arroyos y el refugio de los árboles en ducha de gotas gordas.

© @Yourmumchoselife
En el autobús la lluvia moja las ventanas. Me doy cuenta de que las gotas viajan raudas en sentido contrario al movimiento, atravesando el cristal de la ventana describiendo trayectorias aleatorias, pero siempre empujadas hacia atrás por el roce del viento.

Me parece que eso somos nosotros, las gotas atrapadas en el cristal: chocando con la vida, cayendo y haciéndonos; con el tiempo que nos empuja y nos mueve, nos dirige en direcciones aleatorias que no vemos ni podemos conocer. En el camino nos encontramos con más gotas y crecemos. Con los vaivenes nos descolocamos y nos agitamos en el cristal. Si las fuerzas son demasiado grandes, de repente, también nos dividimos y nos rompemos… Pero nada detiene nuestro curso. Seguimos hacia adelante, más grandes o más pequeñas, incluso las diminutas. 

Cada gota se sigue moviendo, a su ritmo; y nosotros en la vida, también. 

Somos gotas en la tempestad (léase, humanidad) y nos hacemos cada uno en la lluvia (léase, sociedad). Cada uno con su camino, pero todos juntos. Siguiendo un destino que no conocemos y que no podemos conocer, sujetos a fuerzas externas más grandes que cada uno de nosotros. A dónde vamos a caer, a dónde vamos a parar; y seguimos el camino: cayendo, avanzando, seguro e inciertos. Empujados por la fuerza mayor de la tormenta… esta tormenta que es la vida. 

© u/Best_in_small_doses

El Insomnio

¿Acaso exagero? ¿Acaso me lo invento? ¿Es un simple producto de mi estilo de vida y sus vicios? ¿O es mi estilo de vida y sus vicios un producto del insomnio?

Me vi ya con 17 sufriendo un ataque de ansiedad. Era a principios del 2010. Me preparaba entonces la Prueba de Acceso a la Universidad (P. A. U.) y todo el peso se me vino encima de repente. Me vi semanas corto, falto de tiempo. Y entre los ataques de ansiedad, empecé a dormir mal. Muy mal. Me podía quedar horas despierto solo pensando en qué sería de mi vida si… si…

Desarrollé como una «percepción atrasada», como si el mundo se convirtió en uno de esos vídeos en el que la imagen va a un ritmo y el sonido, que debería ir al mismo, fuese a otro. Yo, mis ojos, mis oídos… captaban lo que la gente decía, lo que pasaba, pero el cerebro iba un microsegundo por detrás. Un sutil retraso que me afectó durante semanas. Fue perturbador, pero sobre todo muy frustrante. No podía mantener conversaciones coherentes (más que nada, porque no me enteraba), no podía leer sin perder el hilo, y ver la televisión ya… 

Me dijo la psicóloga que era una temporada. Que se me pasaría una vez desapareciese «el objeto de mi ansiedad». Sencillo: aprobado el examen, lo demás volvería a la normalidad. 

El examen no lo bordé. Hubo decepciones. Pero el «retraso perceptivo» desapareció, eventualmente. Lo único que no desapareció desde entonces fue el insomnio. Desde aquel 2010 hasta hoy, me has ataques de insomnio: algunas veces sé por qué, soy consciente de los problemas que me asaltan en la oscuridad; otras veces puedo ser un vacío mental y simplemente no dormir. 


En junio del 2010 fallé a entrar en mi carrera por unas décimas. De todas las (catorce) opciones vacías que me ofrecían y que rellené con carreras que una vez consideré, solo entré a la última. (La última siendo precisamente una «carrera relleno»: una opción que puse por poner, y que ahora sé que no debí hacerlo, pero que entonces hice inocentemente pensando que me iba a tocar algunas de las primeras; ni en mis temores más salvajes consideré que iba a estar tan mal parado). Por entonces tenía cosas como aspiraciones, expectativas, ambiciones, sueños, ilusión. Cosas que tienen los jóvenes. Ni de lejos me imaginé que me iba a tocar la 14.ª opción… Fue un bofetazo en la cara. De lado a lado, marcando y cortante.

No fue del todo un año perdido… Hice un buen grupo de amigos y aprendí un par de cosas sobre la vida, sobre mí, sobre el sistema del que había decidido participar. No obstante, las preocupaciones nunca se fueron.

[La universidad española está jodida. No es el tema de esta confesión, sino un apunte. Está muy jodida y, al menos para mí, me ha jodido desde que fallé en 2010. Como que el error que cometí nunca más me lo van a perdonar. El sistema, desde entonces, se ha encargado de recordarme y recordarme, y también castigarme, por aquellas malas decisiones que hice entonces y que sigo, y seguiré, pagando ahora. Como una mancha que nunca más se quita. Un paria atrapado en el sistema.]

Las preocupaciones solo crecieron, junto a otros sentimientos. Sentimientos como el arrepentimiento o la culpa, o la frustración, o la sensación de ser estúpido e inútil. Lo que tenía claro es que tenía que salir de esa carrera y entrar a lo que siempre quise (o lo que creí siempre querer, que es distinto).

Así que tomé otra muy mala decisión: tomarme un año sabático para… Para hacer nada. No hice nada. Leer mucha Psicología y Sociología. Ni siquiera cultivé mis intereses o las relaciones, o me saqué el carné de conducir o salí a viajar o empecé a trabajar. No. Fue un año emocionalmente raro, además. No fue especialmente oscuro o convulso: fueron esos 19 que quisieron ser crisis pero acabaron siendo un desorden sin objetivo ni razón de ser. Ahora sé que fue una pérdida monumental e increíblemente estúpido de tiempo y que nunca, nunca podré recuperar…

En fin. Después de estudiar el verano del 2012, en septiembre aprobé con la nota suficiente para entrar en la carrera que (supuestamente) quería… Y seis años más tarde, aquí estoy. Atrapado, frustrado, desilusionado, engañado, desmotivado, cabreado, harto, decepcionado, cansado, triste. Sentimientos de atasco y coágulo, y complejos, que me consumen y me ausentan. Y me apagan.

¿Y qué tiene que ver el insomnio en todo esto? El insomnio es lo que da sustento a esta historia. Se nutra de ella, de hecho. El insomnio es como un buen colector. Me gustaría decir que es coleccionista, pero no es ni romántico ni bonito, ni tiene notas de afición y pasatiempo. No.

El insomnio simplemente recoge. Todo. Lo que sea. Como un colector de basuras o de aguas de alcantarillado. Recoge los deshechos, el agua de la lluvia que lleva polvo y mierda, y restos que no conocemos. Como las colillas de los cigarros o la mierda de perro. El insomnio es un buen recogedor… y lo amplia en las noches. 

Por alguna razón el vacío y el silencio de la oscuridad es un buen momento para llenarlo de cosas… de ruido que se quiere olvidar y dejar atrás. Que no hace falta reconsiderar. Que no hace falta repasar o revisitar. Que no hace falta, en general, recordar y recuperar. Y resentir y lamentar, y castigarse. 

Era… un insomnio tímido al principio, pero que creció y empeoró. Se rebeló. Se corrompió. Se convirtió en un insomnio disruptivo y, este año, más destructivo. El insomnio ladrón y posesivo. El insomnio irracional tan incesantemente reflexivo. Este monstruo que me roba los sueños y el descanso, y la paz —si es que es paz— de poder dormir para descansar y empezar un nuevo día mañana sin haber perdido la noche en el ayer. 


En el momento de la edición de este texto, la vida… mi vida ha vuelto a dar un giro de 180º. Después de estar semanas en limbo y perdiendo incluso más sueño (puedo decir que ya no me importa), decidí tomar otra decisión. No sé si es mala o buena. Es una decisión, que ya es algo. He decidí darle pausa a mis estudios y buscar un trabajo para ayudar en casa. Que es más urgente y necesario que sacarme una carrera que ahora me produce más dudas que certezas… Y además, las cosas este año en mi vida no son lo que fueron en el pasado… Son algo mejores, puedo decir. Tengo a alguien, por fin. Puedo decir ya, con certeza, que tengo a alguien y no estoy solo. Por primera vez. No ando solo. Y eso inspira una nueva fuerza. Quizá incluso inspira una nueva ilusión y, con el tiempo, una nueva historia. Tampoco quiero, ni creo que debo, dejarme llevar sin control. Aún me marcan tantos años de cinismo y depresión. Aún miro con recelo a las cosas buenas que, rara vez, me pasan. He aprendido… la vida me ha enseñado así, qué puedo hacer. Y ahora que vuelvo sobre este texto y lo edito, lo medito, debo confesar en otro tono: que no todo está fijo, inmóvil, en piedra. Que la vida no es un sino inamovible y abocado al fracaso. Que no podemos… no puedo seguir regodeándome en el pasado y sus errores, y todas las decisiones que me pesan. No puedo seguir cargando con eso, con cosas que no se pueden cambiar aunque lo desee muy fuertemente… Así que… quiero dejarlo ir. Dejarlo caer de mi espalda, estirarme y cambiar de dirección. Este camino de convicciones y sueños de adolescencia no me ha funcionado en todos estos años. Ya bastante es que me haya dado cuenta ahora. Tenía que darme cuenta en algún momento, ¿no? De que el cambio es inevitable; que es algunas veces necesario y que muchas veces no viene por si solo. Necesita un empujón; yo necesitaba un empujón… Salir de esa zona de confort… No: esa zona de malestar, desasosiego y pesadumbre. Ahora sé que me había acostumbrado a todo lo malo y lo normalicé en mi mente. Y no me fue bien. Salir del lodo y el fango… De esos sentimientos viscosos y densos. Y respirar algo nuevo. 

Ahora siento miedo, esa es la otra confesión. El insomnio no se ha ido, lo sé, pero de momento he podido dormir varias noches seguidas sin esa voz de fondo. Pero el miedo no me mantiene despierto. Es una nueva emoción en mi estado. Miedo de lo desconocido. De cuán bien se me dará dar este paso. Cuán lejos llegaré. Miedo a descubrir quién soy de verdad o qué puedo hacer, o no… Es un miedo emocionante, algo que hace años no siento y que llegué a pensar, no volvería a sentir. 

El insomnio no es una enfermedad… es solo el síntoma. Y había que cambiar: los hábito; más allá de los físicos, los mentales y emocionales. 

Esta gana octubrina

—¿Cómo se llama «lo que pertenece o es relativo a octubre»? ¿Tendrá nombre? Oh, oráculo Google, ¿cuál es tu respuesta…?
—Esto te puede interesar… «Decembrino y abrileño»

 

De repente cayó un día la lluvia y durante el momento que duró, las calles se hicieron arroyuelos y el sol se cubrió de nubes. El cielo rugía, los árboles agitados contra el viento. El suelo de esta casa de pueblo volvió a estar helado; a la mañana siguiente me despertó el frío.

Fue un día, pero parece que ha levantado este hechizo de verano que me tenía adormecido. No me gusta el calor sofocante ni tampoco me gusta el frío entumecedor, sino ese punto medio que es septiembre y octubre. Cuando llueve un día, pero hace sol durante cinco. Cuando sopla una brisa que parece de montaña y refresca la casa, pero casi no hace falta el edredón para sobrevivir a la noche. Cuando el sol brilla contra el cielo azul, pero no quema la piel cuando salgo a caminar. Cuando usar pantalones largos no es una prisión mortal. Cuando puedo quitarme la sudadera sentado en una terraza a tomar una caña; cuando todavía se pueden tomar cañas…

Cuando la luz del día es perfecta: ni deslumbra ni penumbra. Este entretiempo perfecto que es el otoño.

 

Se me hace lejano ahora, octubre, cuando ansié el final de agosto. Andaba apesadumbrado, con ataques de ansiedad, tropezando con qué hacer y cuándo, cómo, por qué. Dar fin al verano, todos los años, es como quitarme el aire de la habitación. Ahoga.

Y entonces pasó otro verano y noté los grillos. Cantaban en las últimas horas de una tarde agosteña y, poco a poco residual, se alargaba el calor como una ilusión. Aun hoy, cuando pega el sol y desaparece la tormenta, languidece ese estupor veraniego…

Pero ahora ya las horas se estiran vagamente. De repente ya no anochece pasadas las nueve, sino que lo hace ya pasadas las ocho; y cada día más, un minuto menos. Y aunque me resigne, lo sé: sé que volverá el frío; que debe volver. Volverán los viajes interminables y aburridos en transporte público, con las ventanas salpicadas en lluvia y empañadas en vaho. La gente ausente por la acera y el metro, paso apretado, cabeza baja, envueltas en bufandas. El frío que se hará escarcha por las mañanas y que convertirá rápidamente las mangas cortas en largas. Los cuerpos morenos que vuelven a palidecer. Las caras llenas de sol que se apagan con la rutina. Y la astenia. La desgana de empezar otro año justo cuando el año está a punto de acabar. Que es la ironía del sistema. Y volverá la lluvia que todos estos días hemos deseado, pero que en realidad no estamos preparados para aguantar. Y que pronto no aguantaremos. Los paraguas perdidos en las sillas del bus. Los zapatos llenos de salpicaduras. Entonces volveremos a anhelar, secreta y calladamente, otro verano. Desesperadamente otro verano.

Pero hay que sobrevivir a otro invierno con un sol tapado y el aire que entumece el aliento. Es inevitable, este paso del tiempo. Enterrados bajo abrigo, buscando cada rayo de sol como antes buscábamos cada trozo de sombra. Con ansia, con gana. Disfrutando de cualquier buen momento. Pidiendo, quejando; resintiendo el avance de las horas; que si muy rápido o muy lento, que si no dio tiempo a nada o fue demasiado…

 

 

 

 

Hartosexual 

Hartosexual

De harto (fastidiado, cansado)sexual

1. Adj. invar. Dicho de una persona: que se ha cansado de tener una inclinación sexual; que se ha cansado de buscar pareja, aunque siga sintiendo atracción por el mismo o sexo opuesto. No confundir con asexualU. t. c. s.

2. Adj. Dicho de una relación erótica: que es inexistente. 

3. Adj. Perteneciente o relativo a la hartosexualidad o los hartosexuales.

 

En un momento de extrema soledad, fatiga emocional, quizá un poco de desesperación y sentimientos saturados de fracaso y conflicto interno y personal, busqué la catarsis en creer que, si tenía que elegir una palabra que describiera mi estado sentimental, sería esta. Una que no existía, por cierto, y una que, por tanto, tenía que inventarme. Algo solo mío (aunque seguramente sea la palabra que muchos también estén buscando). 

Y dejé esta nota como un borrador. Como un pósit al que nunca más iba a recurrir y que iba a relegar al olvido. Porque eso es lo que se hacen con los pósits, ¿no? Escribir supuestamente cosas para recordar, pero que acabamos negligiendo. O que se acaban perdiendo. 

En fin, da igual. Ahora las cosas han cambiado y esta palabra dejó de describir mi estado sentimental (emocional). Y como estoy «limpiando borradores», volvió esta nota y no hay manera de editarla, de cambiarla o transformarla en otra cosa. Así que ante la alternativa de deshacerme de ello para siempre, he decidido lanzarlo al vacío informático y que quede ahí. Para quien halle en ella consuelo.

 

*   *   *

Su espejo

Llega de la ciudad. Ya no puede más. La puerta se cierra por detrás y se queda quieto en medio del pasillo. Da un pequeño suspiro y relaja los hombros. Se deja como caer, de pie. El cansancio lo abruma por dentro y ya no puede más. Solo tiene una cosa en la mente, y es que necesita una ducha. Una buena, larga ducha caliente. Siente toda la ciudad en su piel, pegajosa y sucia. De hecho lo huele, el sudor. No lo soporta. No se soporta, en esa piel. Como que se la quiere quitar.

Así que se quita los zapatos con fastidio y se quita la ropa casi de golpe y la tira en una esquina de la habitación. Vive solo. Ni siquiera tiene un gato ni una planta que atender. De la habitación va al baño y se mira en el espejo. Ese espejo. El mismo espejo de todos los días. El que tiene varias manchas del cepillado y acumula polvo por la parte superior. El espejo que hace tan oscura la parte derecha de su cara, porque la bombilla se encuentra descentrada, y el reflejo que devuelve está desmejorado. Ese espejo que heredó de su familia y que le ha acompañado toda la vida, desde que era un chiquito y tiene memoria para acordarse de aquel espejo. Siempre ese espejo. Aún tiene la esquina rota por lo que sucedió y que intenta olvidar, ¿pero cómo puede hacerlo si siempre está ahí?

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© Allan Roney
Pensó una vez que lo tiraría un día. Deshacerse de ese trasto y comprarse uno nuevo. Uno moderno y limpio, y entero. En el que no vea constantemente los reflejos del pasado. En el que no vea a un yo que le devuelve una mirada tan cargada de resquemor, arrepentimiento y decepción. Una mirada hecha de ojeras y cansancio. Pensaba que sería un espejo para verse de otra forma. Al menos para intentar verse un poco mejor. «Por mucho que cambie el espejo, el hombre es el mismo», recuerda que le decía su madre. 

Abre el agua y la deja correr un rato para que se caliente. Aprovecha para lavarse las manos. Dos veces. Hoy parece que nada se quita. Cuando empieza a salir caliente, el vaho empaña el espejo. Se queda mirándolo un rato, su reflejo desdibujado por el vapor condensado. Pero ahí sigue y se ignora. Coge la toalla, la deja cerca sobre un reposo, y se mete en la ducha. Al abrir el agua, por un segundo, sale fría y su piel reacciona y se tensa. Pero rápidamente empieza a templar. Cierra los ojos y respira profundamente. Siente el agua caliente mojar su pelo, llegar al cuero cabelludo, caer por su rostro, sus párpados cerrados y el cuello, y gotea sobre el pecho, el abdomen, las piernas, la espalda. Cae y hace el ruido de ducha que tanto le relaja, y que algunas veces por la mañana le parece tan escandaloso. Pero a quién le importa, piensa; no hay prisas. No hay que obedecer reglas aquí, no tiene que dar explicaciones, no tiene que preocuparse de hacerlo bien o mal. Aquí no. 

Mantiene los ojos cerrados porque ha sido un día largo y duro, y quiere olvidarlo. Por un momento quiere que el mundo desaparezca mientras él esté ahí, impasible. Está así al menos diez minutos, estático para el chorro, sintiendo cómo va cayendo sobre su piel cansada y —empieza a sentir a veces— vieja.

Siente que se ha quitado parte de la ciudad que ha traído a casa. El humo, el polvo, el calor, la gente. El sudor pegajoso. Y siente que esa suciedad no es solo física. Es también mental. Poco a poco se relaja más y más, y empieza a dejar ir las cosas, el día, lo que ha ocurrido y también lo que no. Deja de pensar en todos los fallos, los fracasos. Las discusiones, los cabreos. Es su terapia diaria, y durante ese momento le funciona.

 

Después de ducharse, sale y coge la toalla para secarse. Nunca tarda mucho porque no acostumbra a secarse bien y qué más dará si está solo, piensa. No hay prisas. Al terminar, se dirige otra vez al espejo. No ve nada tras la condensación que ha empezado a formar gotitas y alguna ya realizó su descenso dejando tras sí una estela clara y limpia, donde la superficie del espejo vuelve a reflejar. En esa veta, ve una tira de su fragmento. 

Con el lado de la mano limpia el espejo y se descubre. Parece por un momento alguien nuevo. Su cuerpo desnudo, el pelo mojado y brillante, la cara relajada. El agua hace que algunas partes de su rostro aparezcan borrosas y ondulantes, pero su mirada es la misma mirada oscura. La misma mirada llena de dudas e inseguridad. La misma mirada que busca pero que no encuentra. Y que al mirarse, le hace sentir vulnerable y herido. La misma mirada que, algunas veces, le juzga duramente y sin solidaridad. 

«Por mucho que cambie el espejo, el hombre es el mismo», se recuerda. No sabe muy bien qué pretende perdiéndose tanto en ese espejo, qué espera de él. Lo cierto es que lleva tanto tiempo mirándose en ello que… Que hay algo de él en ese espejo. Algo de su alma queda en el reflejo. Y espera una reacción. Cada vez se ve más enajenado en ese espejo y siente que el hombre que le devuelve la mirada no es exactamente él. También sabe que pensar así es una locura, pero se mira y espera que eso le ayude a cambiar. A transformarse y a ver algo distinto en él. 

Después de todo, ese espejo le vio crecer y madurar. Le vio limpiarse la cara de barro cuando era niño, o a lavarse las lágrimas cuando alguien le regañaba. En ese espejo vio lo que otros niños verían cuando le pusieron el aparato (ortodoncia). Ese espejo le vio crecer barba y le enseñó a obsesionarse con su imagen. Tanto que casi le absorbe. Ese espejo vio todos los diferentes estilos de pelo que probó, el tatuaje y el pendiente que se hizo. Ese espejo vio el traje que usó para la graduación y también vio su cara cuando llegó borracho por primera vez a casa. Y también su cara cuando estuvo deprimido o cuando, tras mucho tiempo, encontró su primer trabajo. 

Y todo desde entonces hasta ahora, ese espejo —su espejo— lo ha reflejado. Pero muchas veces se pregunta… 

¿Y por qué refleja algo de lo que necesito saber? ¿Por qué no me das una respuesta? Si tanto has visto y tanto sabes de mí… ¿Por qué no me muestras algo nuevo? 

Su espejo, si un día le diese una respuesta… ¿Qué sería de él?

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