Una instantánea

—¿Todavía miras esa foto? 
—De vez en cuando, pero no siempre. 
—¿Por qué? 
—No me gusta recordar el pasado constantemente. 
—¿Y por eso no la tienes a mano? 
—Bueno, sí… Por eso la escondo: con el tiempo me olvido de ella y cuando voy buscando cosas que sí necesito, la encuentro por sorpresa. 
—¿Y eso es mejor? 
—No es que sea mejor, es que sienta mejor.
—¿Acaso esa foto no te sienta bien? 
—Hay mucha gente en esa foto que ya no está en mi vida. Por unas razones o por otras, se fueron. O quizá fui yo quien se fue, no lo sé. Da igual. El caso es que no, algunas veces esa foto no me sienta bien. 
—¿Te arrepientes de algo, quizá? 
—Me frustro, mejor dicho. Las fotos son como magia, al menos las de antes. Ahora hacemos fotos como si hiciéramos borradores: si no nos gusta una, la borramos y repetimos. Y la repetimos tantas veces como haga falta, hasta que salga perfecta. La tragedia de nuestra época es que ya no hay álbumes en las casas, de papel fotográfico. Ahora podemos compartir una foto en la distancia. 
—Yo creo que es un avance. 
—Pues yo creo que no. Yo me ilusionaba yendo a revelar fotografías. En realidad, nunca sabes qué ha salido o cómo. Llevas el carrete y esperas unos días, una semana quizá. Había cierta ilusión en casa, todo el mundo preguntando: ¿Has ido a por las fotos? Luego llegas a casa con un sobre sellado y revelas la incógnita. Pasas foto a foto entre los dedos y saltan los comentarios y las risas. Había que estar allí en el momento, todos los interesados juntos, quienes fueran: amigos, familia… Ahora envías una foto a distancia, le das me gusta, escribes un comentario y pasas a lo siguiente. 
—Ya… 
—Ésta foto me incomoda porque está impresa. No hay copias de ella, es la única. La borraría si pudiera, créeme; pero está impresa y es la única, y es un recuerdo que una vez destruido nunca más volverá. Esto es más definitivo. 
—¿Por qué en éste más definitivo que borrar una foto digital? 
—Porque siempre habrá alguna copia de la dichosa foto: en la red, en la memoria del teléfono, una copia que tiene el amigo, y el amigo del amigo. ¿Quién sabe? 
—Pero… 
—A ver, es sentido común. Hacemos fotos para compartir momentos. Sí, queremos capturar momentos, ¿pero de qué nos sirve si luego no las compartimos? Queremos salir en fotos y poder decir: ése soy yo y estuve ahí, vi eso, hice eso; queremos compartirlo, inevitablemente. Queremos dejar constancia de nuestra existencia momentánea. Y si lo hacemos con gente, hasta mejor. Y cuando hay gente, lo compartimos con esa gente y creamos todos una memoria colectiva que recordaremos felizmente —quizá, o amargamente— en el futuro. 

Se detuvo y volvió a mirar la fotografía en sus manos. 

—Lo que quiero decir es —prosiguió—, la foto digital que no se comparte, poco a poco pierde su significado y se olvida. Se hace irrelevante y  cuando ocupa espacio, se borra. Fin. Pero una foto que está impresa como ésta, ¡a saber dónde habrán quedado ahora los negativos! ¡Ni siquiera sé en qué año se sacó! Pero ahí estoy, con esta gente que ya no está, y recuerdo cosas y siento nostalgia. Es una nostalgia real. Y el mismo tacto de la fotografía me recuerda el paso del tiempo. Es como si pudiera alargar la mano dentro de la foto y tocar el momento: está ahí, casi al alcance. Es un momento tangible y es mucho más real. 
—Entiendo ahora.
—Una fotografía impresa es… es un tesoro, aunque me gustaría quemarla y olvidarla para siempre, hay algo que me para. No sé qué es, pero es la sensación de que nunca volverá a existir lo que me para; de que será definitivo, de que no habrá nada que lo salve del olvido. 
—Tampoco creo que sea para tanto. A mí también me dolería perder las fotos que tengo en la memoria del móvil. Eso también es para siempre. 
—Sólo que cuando pasa algo realmente feo y terrible, nunca podrás quemarlas. Tampoco tendrás la oportunidad de ver a esa persona que te ha roto el corazón pero a la que todavía amas por última vez, cuando le entregues ese taco de fotografías que ya no quieres volver a ver; ni podrás enmarcar de forma permanente esa foto que tanto admiras o que tanto significa para ti. Y seguro que habrá mil inventos, pero no es lo mismo. 
—Tampoco digo que lo sea. 
—Mira —dice mientras extiende la foto para que lo coja—. Cógelo, siéntelo. Eso es por lo que nunca será lo mismo: tiene peso. Hay algo en este gesto, darte una simple fotografía, que significa algo. No me preguntes qué ahora mismo, pero te estoy pasando algo que yo dejo de tener. Porque obviamente no tengo otra copia de esa foto en el bolsillo. Esa foto es realmente única, ¿lo notas? 
—Sí… 
—Y podrías romperla ahora mismo. En mi cara. 
—Podría. 
—Y no habrá otra como ésa, a menos que me enseñes dónde está el negativo. Habrás acabado con la única foto de ese momento. 
—Y me matarías. 
—Y me cabrearía. Mucho. 
—Pues mejor toma —dice devolviéndole la fotografía. 

Sin darle más vueltas, guardó la instantánea en su bolsillo. 

De vuelta en casa, lo tiró en el mismo cajón en el que lo había encontrado y en el que estuvo olvidado durante más de una década, pero en el que permaneció y en el que permanecerá hasta que la muerte o el fuego lo consuma. 

Lo que podríamos haber sido

De no haberme conectado aquella noche, ahora no te soñaría. 
De no habernos seguido, ahora no te perseguiría. 
De no haber esperado, ahora no te conocería. 
Y de no haber insistido, ahora solo estaría. 

¿Y si me hubiera ido aquel día de verano,
estaría deseando ahora un día de otoño que parece primavera?

¿Nos hubiéramos visto por segunda vez
si no hubieras enviado aquel mensaje? 

Y si no te conociera, ¿hubiera tenido razones
para conocer aquel rincón bajo este cielo? 

¿Andaríamos ahora en silencio
si te hubiera besado aquel día,
y si no me hubiera fallado este coraje?

¿Y todo lo que podríamos haber sido
si por cobarde yo no fuera? 

¿Acaso hemos perdido algo de esta historia
por no decir todo lo que nuestro corazón ha omitido? 

¿O sólo soy yo el que tiene esta esperanza traicionera?

Y si no te conociera, ¿estaría versando
ahora este poema en tu nombre? 

¿Estaría yo esperando al momento
para confesarte mi emoción verdadera?

Y todo lo que podríamos haber sido, 
¿aún podemos serlo si nos damos otro instante?

Si no te conociera, 
¿estaría preguntándome esto ahora mismo?

En mi cabeza

En mi cabeza, el próximo martes no tendré otra obligación que bajar a Madrid e ir al parque. Al mismo parque que un día, ahora se me antoja hace mucho tiempo, en el que los dos dimos un paseo definitivo. 

En mi cabeza, el martes no lloverá, pero sí lloviznará. A ratos. El tiempo será tal que los madrileños pasarán de largo de la entrada del parque y, a excepción de unos cuantos melancólicos y raros como yo, estará virtualmente vacío. Así que disfrutaré de la paz y la soledad que tan pocas veces se puede disfrutar en un parque de la ciudad. Además, el frío de noviembre apretará y casi todo el mundo, en esas condiciones, prefiere estar en su cálida morada. Pero no yo. 

En mi cabeza, yo iré vestido con mi abrigo negro ya necesario, abotonado hasta el cuello, con las manos en los bolsillos que quedan a la altura del pecho, y caminaré lento,  absorto en algunos pensamientos. Pensamientos, para ser exactos, sobre ti, sobre nosotros. 

Veré alguna pareja, los dos agarrados del brazo, pasar a mi lado. La gravilla mojada crujirá bajo las zapatos. El vientecillo agitará las altas ramas. Las gotas de lluvia mojarán la tardía hojarasca de otoño. Se escuchará algún pájaro asustadizo batir las alas entre el follaje, escapando de mi caminar a medida que me adentro en el parque. Y a medida que avanzo, voy dejando atrás las voces de los otros paseantes que prefieren dar vueltas por los jardines centrales. De lejos, aunque estemos en el centro de Madrid, se escuchará el rugir incesante del tráfico que sube por la Cuesta San Vicente. 

En mi cabeza encontraré un banco que me llame, que estará solitario, que parecerá cómodo y me invitará a sentarme. Y lo haré. Acomodaré el abrigo para que el pantalón no se moje y me acurrucaré de tal modo para conservar todo el calor posible. Miraré hacia arriba para contemplar ese cielo plomizo del que cae esta llovizna que no cala, pero que moja. Y meditaré las palabras que tan ansiosamente te quiero escribir. 

En mi cabeza habré reunido el coraje —o la indiferencia— suficiente para sacar el móvil, abrir tu conversación y empezar a teclear todo lo que mi corazón calla. Y estaré tan decidido que escribiré todo sin releerlo, sin volver sobre las líneas anteriores para asegurarme de que lo he dicho bien. Porque eso no me importará ahora. Lo que importará es que te diga todo lo que te quiero decir. 

En mi cabeza, cuando termine, cerraré los ojos y respiraré profundamente el aire cargado de humedad. Notaré, quizá, que el corazón se me ha acelerado un poco, que empieza a latir un poco más fuerte. Sentiré una emoción en el pecho. Como pesado. Pero abriré los ojos y enviaré todo lo que he escrito. Sin remordimiento.

En mi cabeza, entonces, me levantaré del banco y continuaré mi paseo como si nada hubiera pasado. Como si lo que he hecho fuera lo más sencillo y normal del mundo. Como si dentro de mí, en ese momento, no circulasen acelerada y atropelladamente mil emociones ni sentiría que hubiera cometido el mayor error de mi vida. 

En mi cabeza, saldré del parque y… En este punto no tengo muy claro si prefiero caminar ahora por las calles de la ciudad o dirigirme a la estación de buses y regresar a casa. Lo único que sé es que, en mi cabeza, intentaré evitar mirar el móvil para ver si has respondido y, sobre todo, si has respondido como yo fuertemente espero (quiero) que respondas. 

Pero claro, en mi cabeza todo es posible. Incluso que yo te escriba. 

El verano del silencio

Se acabó otra semana y pronto terminó septiembre. Tan pronto como comenzó, llegó a su fin. No hubo momento de despedida ni de saludo; vino y se fue. Como un dulce sueño que se olvida rápidamente por la mañana. Parece que nunca pasó. 

Pero el otoño acaba de empezar, al menos en las horas tempranas cuando la noche se alarga y el frío aprieta la sábana. Mi garganta resentida ahogando un grito, mis labios resquebrajados pensando si un beso podría curarlos y el cuerpo encogido bajo el edredón buscando el calor entre tanta soledad, lejos del escalofrío. 

Vuelve a amanecer otro octubre y su luz fría apuñala la oscuridad de mi habitación. Es fría, pero aún brilla con la memoria de un último verano que se hace de rogar.. A mediodía el sol sigue picando la nuca y el camino de polvo sigue implorando un trago de lluvia. Pero ya es otoño, ya es octubre. 

Lo sé porque el quejigo ya ha perdido algunas hojas. Al igual que el castaño en la ciudad; el parque lentamente se desnuda. El campo brilla dorado, pero pronto lucirá el musgo esmeralda bajo la niebla fría, y el granito se oscurecerá bajo la tormenta. ¡Ay, cuánto echo de menos la lluvia! Incluso el olivo está cansado de este largo verano. Pero los vientos están cambiando, lo noto; seguimos esperando. 

Mientras ocurre todo esto afuera, el silencio arrecia en mi interior. Con este lento cambio, parece que acalla un poco y vuelven algunas palabras; pero sigo callado. Sigo sin historia y sin cuento. Sigo bloqueado en el blanco apretando los ojos para distinguir las siluetas negras de la fantasía, pero no distingo nada. Todo es tan difuso. Sólo acumulo borradores y frases sueltas. Y mientras hable el silencio, yo callo… 

Un por cierto

He estado tanto tiempo engendrando este silencio que no me había dado cuenta que también estaba atrapado en él. Al principio lo combatía y lo resistía a golpe de papel. Me ahogaba en música. Pero también llegó la quietud y el silencio se coronó rey. Y me dejé vencer; ya no supe salir. Pronto olvidé que estaba atrapado y caí: me callé. 

Eventualmente, en el fondo sabía, llegaría a su fin, como el verano mismo que ya ha pasado. Que era una estación en mi mente y terminaría. Dejaría paso a la lluvia y de la tierra yerma rebrotaría alguna historia. Cualquier historia.

Y así fue. Me cayó un por cierto.

Hay frases que son pura magia. Son como el conjuro que deshacen el hechizo o el antídoto contra el veneno. Son la cuerda de salvamento que lanzan al vacío y esperan sacarte de él; te auxilian. Dan aire fresco y espacio para extender otra vez los brazos; te liberan. E incluso te hacen emprender el vuelo —la imaginación— poco a poco. 

Y fue una frase la que me sacó del silencio. De repente me vi fuera del tiempo y el espacio: ya no estaba en un metro abarrotado de gente volviendo a casa ni tampoco tenía prisas por coger un último autobús. Esa simple frase le quitó importancia a todas esas cosas. Volviendo a casa, todas las canciones que escuchaba de repente llevaban tu nombre y todos los reflejos en la ventana no eran de la calle, sino de todo lo que imaginaría que podría pasar.

De repente me descongelé del silencio y empezaron a bullir las palabras dentro de mí. Borbotaban en confesiones atropelladas, en ideas locas, en imágenes imposibles. Me vi de repente en una historia. 

Quizá sólo sea una cura momentánea, pero…

Por cierto.

Esperanza de algo

Yo creía que se fue, que se terminó. Que la llama de una promesa se había apagado y no volvería. Como que el último tren se fue y lo perdí.

Pero al parecer no es así. Al parecer algo en mí ha vuelto, como un brote de entre las cenizas. Es tímido y pequeño, pero está verde y tierno. Aún no es nada, pero es algo.

Es algo así como dice esta canción: 

Es difícil aprender cómo perder, aprender a que rechacen tu amor. Debes tomar el camino que está mal para averiguar dónde perteneces. Hace falta tiempo para averiguar que de lo que se trata la vida es vivirla, y hace falta algún tiempo para dejar todos los problemas atrás.

 

 

Calma

No sabes todas las cosas que me gustaría confesarte. Pero no lo voy a hacer. Al menos no de golpe. Ya han sido suficientes las veces que me he lanzado al vacío y me he roto, fragmentado; y me he quedado atrapado.

Esta vez andaré el camino con calma, pensativo. Eso es inevitable: pensar y andar, ¿acaso hay algo mejor que hacer? Quizá sea el mismo camino de siempre; me gusta el hábito. Hace que me sienta seguro. Y quizá me equivoque. 

Con calma, todo llegará.