A pesar de todo te echo de menos

No puedo decir que sea olvido.
Tampoco puedo decir que sea añoranza.
¿Quizá es nostalgia?
¿Quizá rabia?
¿Quizá dolor o desasosiego?

Quizá sea una mezcla,
una tormenta del recuerdo.
Una llama apagada
que quedó fría
en este pasado que ahora leo.

 

•••

 

Me alejé.

te alejaste.

Me callé.   .   .

(   )

Creció el              espacio            entre                n    o    s        o    t    r    o    s
y todo se perdio                                                                                                                  ´

 

Dónde estás ahora, me pregunto;
o cómo estás.
pero no creo que quiera saber la respuesta,
ni encontrarla.

En realidad sé dónde estás;
me resientes,
me culpas,
me maldices;
¿me piensas?
¿Me añoras?

Lo entiendo.

Y te recuerdo,
que lo sepas.
A pesar de todo.

Aún guardo tus mensajes.
Sigo pensando en nuestros símbolos.

Te echo de menos.
A pesar de todo.

Y lo siento.

 

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Diario de sueños: 30 de mayo de 2018

Al cerrarse la puerta, detrás de mí quedó otra escena, otro sueño, pero del que no me acuerdo. Solo sé que dejé a alguien detrás.

Ahora me encontraba en un pasillo sombrío, con las paredes de color gris, las ventanas pequeñas y sucias, llenas de polvo y telarañas antiguas. A mi derecha, alguien sostenía un cigarro sin encender con la mano izquierda, y con la derecha intentaba abrir otra puerta.
—No podemos dejarla.
—Ya no es mi problema.
—¿Cómo puedes decir eso?

La cerradura hizo clic y se abrió. Recordando, creo que era una mujer menuda, de pelo oscuro y ropa negra. Su piel estaba arrugada y cansada. Su expresión, vencida. Tenía un aire deprimido y andaba con zancadas grandes y rápidas. Quizá era nerviosa, como quien no puede parar quieta.

Rápidamente desapareció y cerró la puerta.

La seguí.

Al otro lado había un jardín. Y ahora que lo pienso, tenía la sensación de entrar en otro mundo. Como si al pasar el umbral de aquella puerta, esta desaparecía. Y no recuerdo una puerta detrás de mí, sino un muro de ladrillo rojo bordeado por rosales y girasoles en flor.

No sonaba la gravilla bajo mis pies, sino el suave roce del césped verde y mojado. A mi derecha continuaba el muro, con otras plantas: margaritas; las abejas zumbaban. Tras el muro podía escuchar el tumulto amortiguado y lejano del tráfico de una ciudad, pero también el piar de pájaros en el bosque que nos rodeaba. Todo mezclado.

Y ella se había sentado a fumar en un banco que había a mi derecha, mirando el cielo azul moteado por nubes.

Era un jardín pequeño, al modo británico. Uno de esos rincones ocultos en medio de una gran ciudad. Un pequeño retiro silencioso que solo los vecinos del barrio conocerían, con muros altos que guardan la privacidad y algunos bancos donde sentarse, rodeados de setos y plantas en flor.

Quizá también era primavera en mi sueño.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunté al acercarme. Ella me miró un segundo y luego alejo la mirada.
—Ya te lo he dicho: nada.
—¿Y qué voy a hacer yo?
—Tú sabrás.
—¡No!
—No me interesan tus problemas. —Calaba el cigarro con tranquilidad, sin mirarme.

Y por alguna razón, eso me irritaba. Acababa de salir de una habitación de la que no me acuerdo de absolutamente nada. Solo una sensación: de dejar a alguien que me importaba mucho.

—Me voy —anuncia al levantarse, tirando el cigarro al césped y pisándolo.
—Tenemos que hacer algo.
—Yo no tengo que hacer nada. Solo irme.

Y es ahora cuando veo la abertura en el muro, una especie de portón batiente de metal, negro, con decoraciones florales. Está abierto hacia afuera, donde empieza una senda pavimentada que se pierde entre los árboles.

Al darse la vuelta, me dice algo, pero se pierde en mi memoria. El sueño ahora se hace borroso. Solo sé que en este momento es cuando veo su figura de pies a cabeza, me mira; luego desaparece. Pero no sin antes decirnos algo.

Recuerdo que sentí desamparo, impotencia, abandono, soledad. Quizá el peso de una situación que es inevitable, pero que a toda costa quería cambiar. Me hallaba solo, en medio de un jardín para una persona, con un banco y una puerta. Una parcela, juro, que no tendría más de 7 m², pero que rebosaba vida.

 

Retrocedí en mis pasos y volví al lado del muro donde volvió a aparecer la puerta. Alcancé una mano al pomo y lo giré, y al escuchar el clic de una cerradura que se abre, me desperté.

 

Britain's Gardens
El jardín británico |  Juliette Wade

El frío aprieta otra vez. Esta mañana la manta se ha hecho delgada; el calor es poco. Hace más de un mes que es primavera en el calendario, pero sigue siendo invierno en la calle. La nieve sigue cayendo en la montaña. La lluvia cala en los huesos y empaña los cristales. La gente anda deprisa bajo los paraguas. El sol se oculta tras las nubes que no paran de llegar desde el Atlántico. Pero los árboles ya se han vestido de verde y las flores lucen sus mejores colores bajo la tormenta. Los dedos se entumecen y los ojos ya anhelan un rayo de sol. La piel tirita, pide verano.

A ver si amaina esta borrasca y vuelve el sol a esta tierra de secano, de oliva y encina.

Regreso

¿Cómo regresar cuando todo se ha ido? 
¿Cómo recuperar un camino que se dejó de andar? 
¿Cómo volver a tener todo lo que se ha perdido? Y se ha perdido tanto… 

No he vuelto a escribir sanamente. Un día me pudo el silencio y me quedé mudo por dentro. Perdí la habilidad para escribir, para contar cosas; para contarme cosas. 

Quizá nunca supe escribir sanamente, voy a ser franco. Nunca supe escribir desde algo que no fuese el dolor o el resentimiento, o la rabia y la ira, la nostalgia, o la soledad. Todos sentimientos válidos, humanos, poderosos; pero no sanos. 

Quizá nunca supe escribir, siendo muy francos. Quizá lo que salió de mí fueron esas sombras que tenía atrapadas. Todo lo que conjuré entre estas líneas, fueron fantasmas de un pasado torturado y fantasmas de un futuro imposible. Todos los sueños varados por el camino, las lágrimas que nadie vio, la monstruosa soledad, los gritos ahogados, la rabia arrinconada… Todo eso me dio una voz. ¿Era mi voz? ¿Era yo, todos esos espectros? 

Al menos me dieron ¿fuerza? ¿Fundación? ¿Soporte? ¿Inercia? Me dieron algo, no se puede negar. Me dieron ganas de lanzarme de un puente, de tomar un cuchillo y acabar con la estrechez de la carne. Me dieron puñaladas en el corazón, sollozos en la oscuridad. Me dieron desesperanza, amargura, durísima soledad. Me dieron algo existencial que, no sé cómo, me empujaba. Tal vez me empujaba en la dirección equivoca, pero ahí estaba, arrastrando pies en el lodo, perdurando, aguantando. 

Suena trágico, pero no lo es, creedme. 

Luego todo eso se fue. Un día, todo esa “fuerza” paró, se instauró un silencio y sentí pura desesperación. Sentí extrañeza, debilidad, desamparo, otro tipo de soledad. 

Me vine abajo; algo dentro de mí se derrumbó bien, y dejó dos grandes vacíos: el hueco que ninguna otra emoción podía llenar y un silencio que no se podía escribir. 

Pasaron los meses así… En una habitación en la que estaba solo, sin nada ni nadie. Donde el espejo en el que me miraba no tenía reflejo; donde no sabía quién era o qué quería, o adónde iba. 

¡Meses!

Cuando amainó —por decirlo de alguna forma—, cuando dejé de resistirme conmigo mismo; cuando dejé de gritar a ver si el eco volvía, o la ira, o la nostalgia, o la tristeza, o el dolor; cuando dejé de dar vueltas, intentando llenar el silencio con pensamiento aleatorios; cuando me di por vencido… 

Entonces nada. 

No hubo nada más. 

Desde entonces, me he visto como en una odisea imposible por volver a ese punto: a ese momento en el que escribir era como respirar. Cuando parecía fácil y salía solo. Cuando todo lo que pensaba se convertía en algo que podía plasmas, no solo un tropiezo de pensamientos caóticos sin pies ni cabeza; un monstruo deforme de literatura incongruente.

Todo lo que he hecho hasta ahora, ha sido intentar volver atrás y hacer como si todo lo que ha pasado hasta ahora no hubiera pasado. Pero ha pasado algo y no sé cómo volver ahora

No sé qué hacer.

Quiero volver a mis metáforas del tiempo, de las estaciones, el paisaje, el camino. La lluvia. 

Ahora que los días son un poquito más largos, recuperan sus horas; pronto también recuperarán las hojas los árboles. El camino dejará de estar encharcado y el paso será franqueable. 

Dejaré de tener miedo, y es que he tenido mucho miedo en estos meses. Meses en los que uno no sabe qué de qué. El tiempo pasa sin relojes ni calendarios. El sueño viene y va cuando quiere: los días se hacen de noche y las noches se hacen eternas, nunca acaban. Y se pierde cierta noción de vivir. 

Ha regresado la lluvia y —quiero creer— el caudal de sus ríos.
Que pronto regresará también el diente de león al borde del camino;
la flor blanca sobre los almendros,
la hierba a las colinas,
y saldrán de sus madrigueras los conejos.
Sonarán los tiros de caza por la mañana;
volverán tímidas las golondrinas
y el sol justiciero al pueblo.
Se recogerán las últimas mandarinas
y se sembrará la tierra de trigo.
Dejará de haber nieve en las montañas,
pero el campo se llenará de amapolas y abejas, 
y el aire olerá a lilos.
Florecerán también los olivos 
y echarán nuevas hojas las encinas. 
Y quedará en el ayer el más extraño de los inviernos. 

¿Y yo? Yo quizá siga en esta odisea,
buscando palabras,
excavando el silencio,
regresando cuando todo se ha ido, 
reencontrando lo que he perdido. 
¿Y si no sale bien? 
No me arrepiento: 
al menos puedo decir que lo intento. 
Que no me doy por vencido, 
ni tampoco aún por muerto.

 

Esperanza de un retorno

Anoche soñé con estas palabras. Fue la continuación de un pensamiento con el que me quedé dormido. Me vi aquí, después de tanto tiempo, escribiendo algo que no logro recordar y que me da rabia. Pero en todo este tiempo he aprendido a dejar ir algunas cosas. No resistirme a la pérdida o al cambio. He aprendido a no resistirme a las cosas inevitables, algunas veces, que trae la vida. Entre ellas, este olvido. 

He ganado serenidad en todo este tiempo. Tanta, que incluso ya no tengo nada que decir. Antes escribía desde la ansiedad, desde el miedo, desde la soledad, el dolor, la tristeza, la nostalgia, la rabia, el descontento, la infelicidad, la desidia, el abandono, la frustración, la impotencia. Antes escribía desde ese lugar dentro de mí que necesitaba una vía de escape. Ese lugar de la mente que encontraba una salida en estas líneas. Donde antes quería gritar o salir corriendo, escribía. Y me fue bien. Hasta que no. 

Para mí, el silencio vino en etapas. Primero fue repentino y abrupto. Como una tormenta que te pilla malpreparado. Que te cala y te enfría, y lo único que te apetece hacer es buscar cobijo y esperar a que pase. Y cuando pasó, llegó el desconcierto. Que fue la segunda etapa. 

La etapa de estar perdido. De tener tanto que decir y no saber por dónde empezar. De tener tanto que confesar, que mejor estar callado. De no saber de dónde se ha venido, que tampoco se sabe a dónde se va. De estar parado en medio de un claro sin saber qué camino tomar. De estar estático, pero que el mundo siga girando vertiginosamente. De querer gritar, pero estar amordazado. De querer extender la mano, pero tenerlas esposadas a la espalda. De querer salir corriendo, pero estar encadenado a un peso insuperable. Y no poder escribir: no saber escribir, no querer, no tener qué. 

Y cuando terminó esa etapa donde los borradores se amontan uno tras otro, las palabras sin sentido, sin terminar, sin decir nada. Todo lo que uno imagina que debe decir, pero que calla. Todo ese silencio que se agolpaba en la mente formando coágulos… Llegó el momento de creer en abandonar. 

La etapa más profunda de mi silencio fue decir: yo ya no sirvo para esto. Dejar de pelear contra ese bloqueo que es casi crónico. De haber gastado la imaginación. O de simplemente aceptar que llegó una edad en la que escribir ya no hacía lo que hacía antes. Como una droga que pierde el subidón y hay que buscar otra. O la caña de cerveza que se convierte en dos y después en tres, cuatro, cinco, seis. Y que llegue la borrachera que ya no ayuda a olvidar. Y que se sigue del mareo, las lágrimas, el dolor. La noche que no deja de dar vueltas. La noche sin sueños. La mañana pesada, la mañana de arrepentimiento, la mañana de dolor. Y la vida que brota como otro tumor que hay que anestesiar y destripar. Y se regresa al mismo proceso cada noche. Hasta que la vida misma se anestesia y no hay nada más que sentir; todo que olvidar. O intentar olvidar. 

Pero cuando menos lo esperas, aparece alguien. Alguien que logra hacerte sentir, día a día, algo. Un rayo de sol por la mañana temprano. Un tacto que se pierde entre las sábanas. Un beso que despierta la piel insensible. Una mirada que derriba el muro, que rompe el dolor vítreo. Unas palabras que te salvan del silencio. 

Unas palabras que te rescatan del abismo. 
Que te guían en la oscuridad. 
Que redimen tu pasado. 
Que te rehabilitan. 
Y que te recuperan poco a poco.

Unas palabras que rompen con el proceso y te ayudan a regresar poco a poco. Y te dan apoyo cuando todo lo demás es ruina. Cuando lo único que queda de antes es ceniza y el alma está yerma, abandonada, estéril.

Lonely tree at Sahara Desert  |  Taghit (Getty Images)

Y brota algo. Algo pequeño, pero verde y tierno. Y frágil. Pero al mismo tiempo es fuerte y surge del suelo con determinación. Rompe la costra seca y cobra vida. Y cada día que pasa, más fuerte se hace este brote. Que echa hojas cada vez más grandes. Gana altura. Tiene ramas. Ramas que se preparan para tener flores cuando vuelva la primavera. Y sus raíces se agarran a la tierra despoblada y se hunden cada vez más. Se arraigan con fuerza, alcanzando partes que estaban intactas. Partes invisibles. Partes que hasta ahora no sabías que existían. Partes de esta tierra que, con el silencio y el abandono, se habían agrietado y despedazado. Ahora que aparecen estas raíces para sostenerlas, recuperan firmeza y equilibrio. Dejan de trocearse. Raíces que se extienden y cubren más terreno, buscando agua, buscando sustento. 

Y cuando menos se espera, vuelve la lluvia que remoja el suelo y alimenta este brote hecho árbol. Este árbol que destaca en el paisaje vacío. Que ofrece una sombra bajo el sol de justicia. Y cobijo en las noches de frío. Este árbol que alimentará a los extraviados, a los desesperados y a los hambrientos. Este árbol que florecerá en las primaveras y que arderá de color en los otoños. Este árbol que en nada dará frutos y cuando estos caigan, esperemos, dejarán sus semillas para que se conviertan en nuevos brotes. 

El daño que el silencio y el abandono han dejado en esta tierra tardará años en reponerse. Pero hay que empezar por algo, aunque sea muy pequeño y frágil. Algo como un simple brote que con el tiempo se hará árbol. Y árbol tras árbol, volverá el bosque. Y cuando vuelva el bosque, quizá regresen sus habitantes: todos aquellos que lo den sentido. 

Y lo exploraremos paso a paso, haremos el camino entre la maleza, descubriremos sus nuevos secretos, contando nuevas historias. 

Así es cómo comienza mi retorno. 

La rutina

Me tomo otro vaso de güisqui. Esta vez sin hielo. ¿Ya qué más da? El calor es sofocante y todo el mundo sabe que el alcohol caliente sube más rápido. Quizá así pase desapercibido, con entumecido.

La luna está cuarto creciente. Su brillo se cuello a través de la ventana abierta y se mezcla con el destello de una farola vieja. La brisa, ausente. Los vecinos vuelven a gritar tras las paredes de papel. Un bebé llora en la lejanía. Una moto pasa rápida en la calle oscura y súbitamente desaparece. 

Vuelvo a pensar en todo lo que ha pasado, lo que no, lo que podría haber pasado en su lugar, lo que debería haber pasado; lo que quise que pasara. Nada tiene sentido. La oscuridad quema; la cama ya no se puede desnudar más. Yo no me puedo desnudar más: quizá, quedarme en los huesos, despojarme de ese peso que me ocupa en verano. 

Pienso que quiero que vuelva el invierno. Otro invierno más. Volver a esa falsa rutina. Al tedio de la rutina. Al gris de la rutina. A la pesadumbre. ¿Y por qué me reconforta ese pensamiento? 

No me reconforta el paso del tiempo; quedan ya solo cuatro meses para que acabe otro año. Otro año más en la vida. ¿Cómo hemos llegado a este estado? Qué raro todo. Cuánto ha pasado, cuánto ha cambiado. Parece todo ficción en vez de la realidad que nos prometieron, ¿o no fue así? 

Pero de vuelta en esta habitación, al martilleo de la hora, el rotor del ventilador, un avión que atraviesa el cielo de noche. ¿Brillarán hoy las estrellas igual que lo hicieron el año pasado?, me pregunto. Me levanto con pereza y me asomo a través de la cortina, oteo el cielo; demasiada contaminación lumínica para ver estrellas. ¿Habrá quien las vea? Qué afortunada esa persona. Ahora mismo la envidio. Vuelvo a la cama. Escucho a alguien ronca desde otra ventana. 

Sin darme cuenta, ya empezó agosto y pronto terminará. Y el verano se habrá ido de aquella manera. Y Viejo Septiembre nos volverá a dar la bienvenida, sus hojas amarillas asomando en los parques. Quiere ser caluroso, pero a todos nos volverá la rutina y su deber. Y nos costará un poco. Tal vez mucho. Quién sabe ahora. 

Ahora sé que toca dormir, vencer el insomnio y soñar algo. Aunque no sueñe nada. Hace demasiado calor para eso. No obstante, descansar los huesos y los músculos cansados de tanta pereza. 

Y seguir con esta rutina. La rutina de siempre, pero distinta. La rutina cotidiana. La rutina de verano; y luego la de invierno. Esta rutina del calor; luego la rutina del frío. Pero la rutina, al fin y al cabo. La que le da algún sentido a la vida, aunque algunos dicen que no. Que les den. Ellos también tienen sus rutinas. 

Feliz aniversario

Regreso, un momento, sin saber muy bien qué decir.
Que por eso me di un tiempo, pero mucho me dejé ir. 
Y al entrar ahora encuentro que me felicitan por seguir; 
un aniversario que desconocía por esto de escribir aquí.

Ocho años hace que empecé,
incluso más si lo confieso. 
Y no supe a quién escribía entonces, 
ni lo sé ahora que vuelvo.

Decidí escribir impresiones, 
opiniones, 
charlatanerías. 
Pero con los años maduré 
y empecé a saber qué quería. 

La reflexión se hizo seria, 
el cuento un poco más largo. 
Me atreví de vez en cuando con la poesía
y escribir en personal todo el rato.

Hubo así un tiempo de bonanza
cuando he pasado el tiempo muerto aquí. 
Pero llegaron las épocas malas 
con un silencio que no pude escribir. 

Y superé una. 
Y dos.
Y tres. 
Y pensé que podría superar
todas las que hiciera falta. 
Porque supe a la vuelta
que siempre tenía algo que relatar. 

Sin embargo, hace un año
que la vida me arrebató;  
me quitó el sueño
y la inspiración se esfumó. 

Y me dije que sería un bache, 
un obstáculo pequeño que superar. 
Pero pasó tanto tiempo
que casi me dio por abandonar. 

El silencio tiene algo que oprime
y también algo que consume. 
Es un fuego imparable y voraz 
que deja cenizas y nada más. 

Y al volver no tuve nada. 
Ni siquiera mi famosa palabra callada.

No tenía ni reflexiones, 
ni pensamientos, 
ni cortos cuentos, 
ni unos pocos versos. 

Y dejé que el silencio me venciera
sin dar una explicación siquiera. 

Lo llaman bloqueo
Para mí, es tragedia. 
No hay nada nuevo, 
solo borradores en la papelera.

No sé si este año silencioso acabará. 
No sé si tendré algo más que decir.
¿Y si lo mío nunca fue escribir? 
¿Y si este año tenía algo de revelada verdad? 

¿Qué más da? 
Siempre podré refugiarme aquí. 

Pero vuelvo como quien no: 
con un paso dudoso
y el otro fuera. 
Y además me felicitan 
por no haber estado siquiera. 

Hace ocho años que empecé 
y quizá siga algunos más. 
Pero aún no sé qué haré
o cuánto tiempo más desaparecido estaré. 

Solo del verano toca disfrutar
y a la vuelta ya todo se verá. 

Siente hombre

Se levantaba pesado y arrastraba el cuerpo agotado hacia el baño, donde un fosforescente polvoriento y pálido le deslumbraba. Parpadeaba rápido, somnoliento. Se paraba y se fijaba en el espejo: su reflejo iba tan cansado como él.

Aquella rutina de años lo había anestesiado y ya no sentía nada. Ni a esa hora, ni en general. Quizá no fuese el tedio y la abulia lo que le hicieron así, aunque nunca lo evitaron. Pero fue su padre, aquel hombre cruel que se alimentaba con alcohol y se ejercitaba con violencia.

Aquel hombre, tan ignorante y tan pasional, le enseñó que sentir no valía nada. Que el esfuerzo de conectar con alguien no valía toda la pretensión con la que la gente se vestía por la mañana. Que lo dejase de intentar, le dijo, un día que llegó a casa otra vez dolido por una paliza en el colegio. Aquel niño, ahora un treintañero devolviéndose la mirada en el espejo, sólo quería caerle bien a sus compañeros.

Pero lo dejó de querer.

Dejó de sentir. Lo aprendió quizá a la fuerza, de su vida y de un hombre que tampoco sentía. Pero tampoco el mundo —su parte del mundo— le ayudó a sentir.

Y sin más abrió el agua fría, puso sus dos palmas unidas bajo el chorro y hundió su cara en el líquido. Y sintió sólo una reacción: un corte momentáneo de la respiración. Algo que le despertó del estupor.

 

Después de la ducha y el desayuno, se ajustó una corbata desgastada y una camisa que empezaba a amarillear, se acicaló un pelo raído ocultando la calvicie emancipada y, al final, fingió una sonrisa.

Era una sonrisa tuerta que enseñaba un canino torcido y unos dientes desgastados. Pero era una sonrisa practicaba: cuidada, arreglada en forma, maniobrada. Y con ese pequeño gesto, salía a la calle preparado para parecer que estaba bien. Aunque en el fondo no lo estaba, pero era mejor guardar la apariencia.

Tal vez un día le fallaría el peinado o la corbata, o la camisa. Pero nunca la sonrisa. Nunca permitiría que le vieran sin ella. Nunca permitiría que le vieran tal y como estaba en realidad.

Porque en el fondo, tenía miedo a sentir.

Y por eso se vestía con la emoción reprimida, el silencioso grito, la mirada vacía, el nudo solitario, sosteniendo una fachada manchada por el pasado, pero vencida y pesada, y frágil, y que empezaba a derribarse.

 

¿Quién sabe? Quizá no sentía porque no quería, o porque no sabía. Quizá lloraba por las noches y reiniciaba el proceso. Quizá el miedo lo vencía todas las veces que se dejaba sentir y se resignó a perder…