Pérdida

Decidme, ¿qué me he perdido? 
¿Acaso ha sido el ocaso? 
¿El primer frío de la mañana? 
¿La primera hoja de otoño, 
o la última flor de primavera? 

¿Me perdí la oscura tormenta
en una noche seca de verano? 
¿Me perdí el grillo que canta
bajo la luna llena?
¿O fue la primera gota de lluvia 
que colma este callado infierno?

¿Acaso no he visto remolinos
levantarse contra la arena
hacerse finos con el viento, 
desaparecer y dejar el camino
como antes era?

¿Acaso perdí yo la huella 
dejado en tierra de sequía
y ansiada de lluvia 
y tormenta? 
¿Acaso no se hizo polvo 
y desapareció bajo el cielo? 

Decidme, ¿qué me he perdido
en todo este tiempo callado, 
buscando el verso, 
el segundo, 
el silencio rimado?
¿Acaso no fueron momentos
pequeños y olvidados, 
ahora en la memoria guardados 
para otro tiempo?

¿Acaso no vuelvo
como vuelve el otoño 
con su llanto deseado
a colmar la sed 
del olivo cansado?

¿Acaso no es volver 
así de callado, 
así de sutil, 
insignificante 
y por lo bajo; 
lo que cuenta, 
lo que queda, 
lo que no se pierde
en este mundo acelerado? 

¿Acaso no es contaros
lo que he soñado
lejos de esta tierra 
que tanto me ha contado? 

Decidme, entonces, 
¿qué me he perdido
en todo este tiempo perdido; 
todo lo que se ha dicho 
y que no he leído?; 
lo contado, 
ahora escrito pasado, 
¿acaso también eso se ha ido?

Decidme que no llego tarde, 
por favor, 
para dejar mi pequeño granito
en este desierto infinito 
de sentimiento y candor, 
y todo lo escrito. 

Decidme que no ha sido una pérdida
todo este tiempo que me he ido. 

 

 

Incluso ella 

Me senté en esos bancos muertos de metal que tan usados están en la memoria, y en la estación. Por todas partes venían y se iban los pasajeros. Un autobús dejaba la estación, otro entraba. Eran las diez de la noche y todo el mundo quería regresar a casa, sospecho. A mi lado había una mujer ausente, perdida en su móvil. Detrás de mí un hombre escuchaba música alta a través de los auriculares y ponía los ojos en blanco. Últimamente, con tanta tecnología, todo el mundo parece que está muerto. Y es en momentos así que me pregunto qué dirá la Historia de nosotros en un lejano futuro, que si fuimos unos pioneros o unos simples idiotas. Parece más bien lo último. 

En el banco de enfrente había una pareja fundida en un incómodo-de-ver beso. No era un beso tierno, como los dos amantes que se despiden al subir al autobús o el beso apasionado de los pasajeros que se reencuentran tras un largo viaje. Era algo distinto, algo lujurioso y lascivo. Algo que te aparta la vista por respeto. 

La primera mirada se aparta, sí, pero la segunda se observa. 

Y la vi. 

Nunca nos conocimos. Dudo que nunca nos conoceremos, pero la he visto innumerables veces en las calles del pueblo y en las colas de espera en la estación. Esta chica de pelo lacio y oscuro, corvada de espalda, de ojos hundidos y oscuros, y un poco tristones. Quizá la recuerde de aquel instituto de pasillos verdes como la chiquilla callada y reservada, de paso acelerado y cabeza gacha, aparentemente tímida e ignorada. Cómo engañan las apariencias. Ahora estaba ahí, enzarzada en un beso con lengua. 

Era la hermana pequeña de una compañera mía de clase. De familia tradicional, acostumbraban a vestidos largos y zapatos negros, y a permanecer calladas a menos que fuesen habladas. Sólo recuerdo lo rápido que abandonaban las clases, la hermana mayor agarrando de la mano a la hermana menor, apresuradas por tomar el bus de vuelta a aquel lejano pueblo perdido más allá del monte. 

Ahora ahí estaba, morreándose con un hombre aparentemente entrado casi en sus treinta —aunque bien podría tener sólo mi edad—, de calva incipiente pero con una barba marcada y recortada. Le sacaría a esta chica unos 15 cm de altura. Su pecho ancho y brazos fuertes daba para abrazarla por completo y protegerla como un escudo. Efectivamente, en sus brazos, ella parecía frágil. Quizá en realidad lo fuera, quizá no. No lo sé, me guío por una breve observación. 

Él podía con todo; ella se sentaba en sus piernas, se abrazaba a su cuello dando la espalda al mundo. Supe que era ella por el reflejo en la ventana. Luego se giró un momento y pude ver era mirada taciturna y oscura, tal vez un poco triste, y confirmé que era ella. Admito que esa mirada se grabó en mi memoria desde la primera vez que la vi. 

Entonces le vi mirarme fijamente y aparte mi mirada rápidamente para perderme en el pasillo por el que venían más pasajeros. 

En mi mente esa escena me cayó como una jarra de agua helada. Ver que incluso ella tenía a alguien y yo no. Que incluso ella había encontrado el amor, pero yo seguía solo. Nuestras situaciones no se pueden comparar, lo sé, pero aun así… Es posible que ella sea mucho mejor persona de lo que yo soy. Quizá sea una gran persona y su apariencia la engañe por completo. Víctima de otra imagen. ¿Y por qué no iba a encontrar a alguien que la quisiera? Seguramente esa mirada esconda una gran historia, y yo estoy aquí contando las superficialidades. 

Pero me dejó pensando… que incluso ella

Mensaje privado

¿Aún me miras? Vaya pregunta. Sé que ya no. Sé que, en el fondo, mis palabras son olvido y tus noches han vuelto a la normalidad. Sé que ya no te hace falta ese mensaje privado que parecía arreglarlo todo por un instante. Después de todo, era un mensaje que nos aproximaba a un sueño.

Creo que yo era ese sueño. Tu sueño. Pero desde el momento en el que dejaste de contestarme, cuando me enviabas silencios por respuestas, sospeché que debía tener miedo. Y en efecto, tuve miedo. Mucho más de lo que me hubiese gustado. Eso lo admito ahora, que han pasado casi dos años. Ahora que estamos metidos de lleno en el olvido, pero sin que seamos aún historia. Es ahora cuando admito que me entró cague al pensar que podría ser tu sueño. Por lo que pudieras esperar de mí. Demasiadas expectativas que cumplir. Y me sentí presionado bajo el peso y quise escapar. ¿Al final que pasó? Que nos rompimos el corazón mutuamente.

Y ahora que lo vuelvo a pensar, creo que no podríamos haber escapado de otra manera: era la única. Como romper un hechizo, tenía que ser de golpe. Como un sacrificio. Aquí caímos los dos. Un destello de luz. Bum. Salimos despedidos en sentidos opuestos, a una velocidad vertiginosa, contando los segundos hasta dar contra el suelo con un golpe seco. Y doloroso. Muy doloroso. A eso nos abocaron las palabras, los mensajes privados; la poesía, quizá. Quién sabe qué nos abocó al fin. 

Pero ahora repaso todo lo que tuve que decir(te), todo lo que quise decir(te), y ya no siento nada. Ya no se me raja el corazón —prueba de que ya te he superado, en parte—. Ya no siento la rabia o la frustración, o incluso la ira. Frustración, porque fui yo quien escribía esos mensajes y tú quien los leía. Ira, porque tú decidiste dejar de contar esta historia y hacerla silencio. No hubo más que ponerle punto y final, y seguir. Cerrar el capítulo, pasar página.

Sin embargo, algunas veces me dan momentos de nostalgia. Vuelven los recuerdos. Las memorias no mejoran y algunas veces un sentimiento —exactamente no sé cuál— me sobreviene. Y me pregunto: ¿por qué sigues reclamándome las palabras?

«Porque tú también me quisiste», imagino que me respondes.

Vuelvo a pensar en los mensajes, en todo lo que pude decirte y que no te voy a decir. Es una empresa inútil, lo sé. Pero me entretengo mientras tanto. Mientras se disipa ahora la nostalgia y se hace el olvido. Me calmo y vuelvo al presente. El pasado se consolida, una vez más, como ese objeto abstracto lejano que se mueve en vaivén, como un péndulo que se marca, curiosamente, al mismo ritmo que el segundero del reloj. Tic tac, tic tac. Éste hubiera sido, tal vez, uno de esos mensajes privados que te hubiera mandado, pero ya no hay motivos para que sea así. 

Mensajes en el cristal

Habían pasado exactamente 39 días desde que se vieron por última vez. Repetía aquella tarde una y otra vez en su cabeza, como una película. Era obsesivo, lo sabía, pero no podía evitarlo.

Aún podía saborear el café que se tomaron juntos, íntimamente apretujados en una mesa para dos en una de esas cafeterías en peligro de extinción de la ciudad. Y ahora que lo vuelve a recordar, teme que ya haya desaparecido. Nunca más volverían a sentarse en esa mesa para dos. 

Tras el café, puede oler su perfume.  Está a unos centímetros de tocar su piel, de sentirlo, pero se contiene todo el rato, esperando tal vez a que en el último momento, a la despedida, se fundan en el beso anhelado.

Pero no pasó.

39 días después, volvía otra vez a casa en otro autobús, escuchando música hasta su destino. 

Afuera llueve y hace frío. La ventana está empañada y decide escribir los mensajes que hubiera escrito si no fuese tan cobarde. Escribe línea tras línea, en pequeño para que no le vean; aunque en el fondo le da igual. No entiende por qué no le ha escrito, por qué no han vuelto a tomar otro café juntos. No entiende nada. Siente que es otro fracaso y como tal, no le da más importancia.

“Me gustas” | Wirefresh

La ciudad poco a poco da paso al campo abierto: los árboles se hacen más salvajes, aparecen las primeras arboledas, las grandes urbanizaciones se colocan ahora al lado de grandes campos de cultivo. Todo el rato el sol de tarde se convierte en ocaso, y para cuando llega al primer pueblo de la sierra, ya es de noche. Las farolas están encendidas, la lluvia cae un poco más fuerte mojando las ventanas y el oscuro asfalto. El bus cada vez está más vacío a medida que está más lejos de la ciudad. Decide volver a lo que ha escrito en la ventana, casi está borrado por la condensación. Lo lee una y otra vez, la música sigue a través de los auriculares. Tacha una frase y pone otra. Cambia una palabra por otra. Al final se atreve a escribir lo que siempre ha querido escribir: me gustas.

Todo se vuelve oscuro de repente. La música sigue sonando, pero cada vez más lejano. Su cabeza no para de dar vueltas y le duele. Le duele mucho. No puede mover una pierna. Siente frío, mucho frío. También siente cómo la lluvia le está mojando la espalda y le empapa la ropa. Abre los ojos pero todo está a oscuras. Mueve una mano y siente el barro bajo su palma. Intenta levantarse, pero no puede: no puede mover la pierna. Las oscuridad ahora toma sombras, empieza a ver formas cada vez menos borrosas a través de la cortina de lluvia. Mira a su alrededor, no puede distinguir mucho. Ve los faros borrosos de los coches que pasan en ráfagas de luz. Se quita los auriculares y sólo escucha la lluvia. No, no sólo escucha la lluvia. Ahora escucha las voces de gente: los gritos de auxilio, de dolor; el llanto. Sigue sin distinguir nada, sombras en la lejanía, las ráfagas de luz siguen moviéndose rápidamente. La lluvia le ha calado, el frío ahora le entumece. Hace un esfuerzo por moverse, pero el dolor es punzante y le recorre toda la espalda. Siente escalofríos. Vuelve a moverse, tira con fuerza de su pierna inmóvil y el dolor le vuelve a punzar. El mundo vuelve a él de golpe. Algunos coches han parado, los gritos de dolor ahora son más nítidos, la lluvia, más fría. Ahora puede escuchar un claxon que se ha quedado bloqueado y pita ininterrumpidamente. Por todos lados, las sombras de gente que cojea y corre delante de él.

«¡¿Estás bien?!», aparece de repente alguien y le pregunta. Parece preocupada. La mira, esa sombra en la oscuridad, mojado. «Creo que sí, pero no puedo mover la pierna», se escucha responder. «¿Cómo que no puedes mover la pierna? Quédate aquí, voy a llamar a alguien. Hemos llamado a la ambulancia. Están de camino. Quédate aquí, no te muevas», le dice y se va tan rápido como llegó. No le da tiempo a reaccionar. La lluvia sigue sin parar. El dolor tampoco. Se deja caer en el barro y se hunde. Empieza a notar que está temblando, pero le da igual porque el frío le ha anestesiado completamente. Cada vez siente menos y siente cada vez más sueño, ¿o es cansancio? No tiene sentido del tiempo, lo que para él son minutos bien podrían ser horas. Siente que tardan mucho en regresar, esa sombra que le ofrecía ayuda. Empieza a preguntarse si le ayudarán o le dejarán ahí olvidado. Sigue temblando. Está mojado y congelado. Ya no siente la pierna, ni el dolor. Ya no sabe dónde termina su espalda y dónde empieza el frío barro en el que se está hundiendo. Quiere dormir. Sólo quiere dormir. Así que cierra los ojos, hasta que vengan a por mí, se dice. Busca los auriculares, pero sólo encuentra uno: la música sigue sonando. Se lo coloca en su oreja mojada y fría, y puede escuchar la música; vuelve a escuchar la música. Se relaja y se deja llevar. No quiere pensar más. No quiere que siga el dolor. No quiere seguir sintiendo el frío. No quiere pensar por qué no han vuelto a tener café. No quiere pensar en el mensaje que ha escrito en la ventana. No quiere preocuparse de eso ahora, porque pronto vendrán a ayudarle. 

| Colin O’Brien

A Quien Respecte,

Te he vivido como un sueño. Otro de esos sueños que tengo que un día sueño cumplir. Luego desperté y te escribí una carta que se quedó en borrador, porque tuve miedo y lo dejé pasar. Todavía lo tengo, pero pronto lo borraré. Mientras tanto, aún está ahí, recordándome que aún existes, que aún estás en mi cabeza. Pero ¿ahora qué? Cuanto más tiempo pasa, más nos hacemos olvido; el sueño se diluye, tú te alejas, la ilusión se hace fina. Es cierto: te he vivido como un sueño, hasta que comprendí que los sueños sólo son sueños. Que todo fue una ilusión; ahora es ceniza consumida. Pronto pasará el tiempo suficiente para decirte adiós. Adiós, y que fue bonito mientras duró. Adiós… y gracias. Sí, te he vivido como un sueño, pero se me acabó la ilusión.

Me siento otra vez ante este escritorio. La ventana abierta a mi lado lentamente derrama una brisa fresca y se cuelan los ladridos almohadillados de los perros de otro barrio. El zumbido lejano del ventilador en la habitación de mi madre hace coro con el martilleo del reloj del pasillo. Tic, tac, corre el tiempo, no pasa nada. La casa suena hueca; la calle suena a grillos. Suena a verano. Juro que también suena a estrellas. Pero la realidad es distinta: no suena a nada, a farolas viejas y vecinos dormidos a la una de la madrugada de un lunes ya vencido.

Y yo quiero escribir algo original. Quiero derramarme en palabras. Quiero explotar. Quiero extenderme hasta que no haya papel o líneas. Pero no tengo nada. No hay ninguna onza de mi ser, ni un suspiro, que diga nada. Una moto, mientras tanto, pasa rauda y pronto parece que nunca pasó. El gato ha abandonado la cocina y maúlla en el pasillo donde se magnifica y parece que está gritando.

De entre esta bruma que me perjudica, no dejo de pensar en ti y en lo que llegaste a significar para mí. Nos conocimos de coña una madrugada en ese infame chat. A pesar de que muchas noches no hay nadie, soy un callado adicto a la esperanza: vuelvo a leerlos, a todos los desesperados, esperando encontrar a alguien como tú —aunque parece ser que cada vez hay menos—. La verdad es que no hay vergüenza en esta confesión; hay más bien coraje. Porque creo que hay que ser un poco valiente para volver a cometer la misma locura noche tras noche esperando algo cuando no hay nada.

No dejo de darle vueltas a las razones por las que nunca nos conocimos. Esta historia es así de patética: nunca pasó. No dejo de pensar en tu nombre como si quisiera invocar algo, una especie de señal. No dejo de pensar en esa sonrisa que nunca he conocido pero que me imagino mil veces. No dejo de pensar en tu voz. Es lo único que jamás conoceré. Y ya con eso me embrujas. No dejo de pensar en todos esos gustos que parece compartimos, pero que nunca disfrutaremos juntos. No dejo de pensar en la historia de tu vida, que no conozco y que ya es demasiado tarde para conocer. Ha pasado casi un año desde aquella noche en aquel chat, pero no dejo de pensar en ti.

Esta historia es patética porque ya me di por vencido. Hace un par de semanas sopesé que todas mis oportunidades habían caducado. Así que finalmente borré tu número en un intento de olvidarte; dejar de mirar tu foto y esperar a que pasara algo sin hacer nada. Borré tu número para no recordarme todos los días que estás en mi vida sin estarlo. Borré tu número porque así parece que ya no estás, aunque no deje de pensar en ti.

La culpa, obviamente, es que nunca amasé el coraje suficiente para decirte nada. Así que esto es, otra vez, la patética historia de mi cobardía. Pero no pasa nada. He sobrevivido a cosas peores. Siempre he salido adelante; al final siempre llega el olvido. Pero como con cualquier ruina, debe quedar evidencia: y he aquí la de esta historia. Que lo diga significa que no me estoy volviendo loco, que aún queda algo de cordura en mí. Quizá así evite implosionar y hacerme algo fino, como de humo, insignificante, callado… Porque que calle, no significa que no piense aún en ti. 

Volver a escribir

No se trata de recuperarle espacio al silencio, no.
No se trata de desandar todo lo desdicho.
No se trata de recopilar todo lo que no ha pasado.
Tampoco se trata de reinventarse lo soñado, ni revivir lo imaginado.
No.
Volver a escribir es cuestión de tiempo.
Es recuperarlo.
Es volver a un momento en el que todo iba a algún lado. 
Volver a escribir, ahora entiendo, es tomar las riendas de esta vida que he callado. 
Volver a escribir no es decir lo que he fantaseado. 
Volver a escribir no es contar lo que ha pasado. 
Volver a escribir no es recuperar todo lo abandonado.
Volver a escribir es rescatar todo el tiempo olvidado. 

El último café

¿Alguna vez os habéis tomado vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis a lo que sabe? (qué pregunta más curiosa). Pues yo os diría que sabe a nostalgia, más aún si te lo tomas con tranquilidad y paciencia delante de una de las calles más ajetreadas de la ciudad, y veis la muchedumbre pasar sin fin, siempre cambiando. Pero también puede saber a promesa, como quien celebra algo nuevo a punto de empezar. Otros me han dicho que sabe a gloria, aunque no entiendo muy bien cómo: ¿gloria exactamente por qué: por que te vas, o por que te has quedado tanto tiempo en la misma ciudad y has logrado crecer raíces; por que empiezas algo nuevo, o por que has dejado algo bonito del que te sientes bien? Gloria… un café que sabe a gloria.

Aquí se dice mucho eso, sobre todo cuando el invierno madrileño te crepita y te oprime, y tienes prima por abrir la puerta de algún bar, y en ese momento sientes un alivio indescriptible, como liberado de un mal conjuro; como si fuera la mejor bienvenida del mundo. Y entonces le pides al camarero una buena taza caliente de café, y entonces “sabe a gloria”. Pero de verdad.

Yo acabé así un día. No era invierno, pero tampoco hacía falta frío; era el momento. Y con prisas —y sin prisas—, acabé, como siempre, en algún café íntimo y personal, de los que me gustan a mí. Quizá sólo he sabido disfrutar de esta ciudad así, de café en café, viendo la vida pasar al ritmo de los vapores de alguna taza caliente. Y más ahora que me iba para siempre, tenía que ir a un café y tomarme mi última taza, como si la ciudad me reclamara con fuerza y apego, y no me quisiera dejar ir.

Echaré de menos la Gran Vía, siempre fluida, siempre abarrotada; siempre con prisas y lenta, y la misma y diferente. Como un monumento permanente a la ciudad, pero siempre mutando, cambiando de pasos y gentes, y luces y escenarios; con su voz alta por encima del rugir del tráfico, que no nos dejaba escucharnos, pero en la que siempre queríamos hablar.

Se me agotó la ciudad; al final tenía razón aquel hombre que me lo increpó un día, y que tanto me indignó. «¡¿Cómo puede agotarse esta ciudad?!» le reclamé, molesto. La sangre madrileña es así, al parecer: de bruscos devenires. Me pasé un tiempo después pensando, y repensando, en esas palabras… tan dolorosas: se me agotó la ciudad.

Luego lo olvidé durante una temporada, pero me volvía como una visión, o un fantasma. Me veía repitiendo por lo bajo, como si le estuviera hablando al cuello de la camisa, solo: “se me agotó la ciudad”. Y creo que de tanto repetirlo, me lo creí; como que lo hice verdad.

Algo en mí se rompió, o cambió; viene a ser lo mismo. Y eché alas, que no a volar. Para eso me quedaría mucho. Me quedaría armarme de valor, de coraje, de un sentimiento brutal de escape que por propia inercia me lanzaría muy lejos. Y fue así: un día me desperté con este sentimiento, esta certeza, que me tenía que ir. Y me tenía que ir, y me tenía que ir.

Creía que me había vuelto loco, la verdad. Se lo dije a mis amigos, que me miraron extrañados: «¿Irte a dónde?» me decían. Ni yo lo sabía; ni lo sé. Pero ahí quedaba la pregunta suspendida en el aire, como un humo pesado que te ahoga lentamente.

Maleta hecha, ahora ando tomando el último café, pensando que se me ha agotado la ciudad, que no hay nad

—Perdona —me interrumpe un extraño.

—¿Sí?

—Esto va a sonar raro, pero… ¿puedo sentarme contigo?

“Justo ahora que me voy, ¿vienes? Ya te vale, Madrid: qué estrategia más rácana para mantenerme aquí” pienso.

—Claro, claro —digo. Aparto mis cosas, hago sitio; lo miro con curiosidad; espero.

Me mira también. Sonríe.

“No, no sonrías. No hagas eso. No me…”

Me arranca una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta.

“Estoy aquí para irme”, quiero decirle.

—Estoy esperando —le digo, en vez de eso. Ay, la verdad cómo se escurre…

Me mira con decisión, por encima del borde de la taza que se ha llevado a la boca: toma un sorbo, y me dice:

—¿Esperando? ¿Esperando a qué?

Buena pregunta

 

¿Os habéis tomado alguna vez vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis exactamente a lo que sabe? ¿Sabéis, también, que quizá no sea vuestro último café… aunque todo estaba planeado para que así fuera?

El último café, tal vez no tan último | Dried Lavander